Después de casi un año y medio, volverán a chocar los planetas. Será el domingo por la tarde, cuando el River Plate y el Boca Juniors vuelvan a protagonizar el gran clásico del fútbol argentino. El partido moviliza a gran parte del país y, por su intensidad, es seguido con entusiasmo desde diversas partes del mundo.
"Sí, siempre nos ganan", dice en las vísperas a EL PERIÓDICO un hincha del River, el equipo que más torneos ha ganado en la Argentina pero que, a mitad del 2011 perdió su categoría. La concesión no merece esa deshonra. "Pero esta vez no, nos jugamos mucho", asegura retomando la posición de fe, "¡machacaremos a esos bosteros (boquenses)!".
Más allá de la indefectible emoción de un careo Boca-River, el encuentro es esta vez decisivo. Cargos, orgullo y credibilidad penden del resultado. La épica está justificada: nada será igual después del Superclásico.
La ansiedad puede palparse en esta ciudad. En los planteles, y en el sentir de una audiencia forzada a la abstinencia durante tantos meses sin el partido más anhelado. El domingo se cumplirán 532 días desde aquel 15 de mayo del 2011 en que el Boca derrotó 2-1 a su gran rival.
Ninguna de las formaciones llega al Monumental haciendo honor a su prestigio. Atravesados por la crisis -interna o de identidad-, ambos equipos han conseguido trasladar su inseguridad al ánimo de la hinchada. "Los dos son una lágrima", se lamenta Ricardo, apostado frente a una pila de diarios deportivos que lee y relee deslizando el dedo entre las líneas. "Mi Boca querido juega con las patas atadas, y los primos avícolas (al River lo llaman las gallinas)¿ simplemente porque son horripilantes", anuncia entre risas.
En el conjunto xeneize, la salida de Román Riquelme, el máximo ídolo de la historia del club, por encima inclusive que Diego Maradona, ha propiciado una atmósfera de hostilidad que repercute directamente en el campo. Los partidarios de Román culpan al entrenador, Julio César Falcioni de su decisión de irse del Boca. El técnico está al tanto. A sólo dos meses de su victoria ante el Racing en la Copa Argentina y pese a pisar los talones del líder Newell¿s, sabe que su puesto desfila al borde del abismo. Una derrota lo dejaría casi fuera del Campeonato, poniendo serias dificultades a su clasificación para la Copa Libertadores. Y eso es mucho.
Matías Almeyda, entrenador del River, que juega de local, no ha tenido que enfrentarse por ahora los abucheos del público. Su pasado como futbolista le precede y encumbra. Pero el apoyo no se sostendrá sin el triunfo, tan necesario para lavar la imagen del River y la suya propia. Todavía sigue vivo el recuerdo de 'el Pelado', besando en el 2011 la camiseta tras su expulsión frente al Boca, lo que se calificó como "incitación a la violencia" y provocación de la hinchada local. Fue su último Superclásico desde el césped. Almeyda espera que David Trezeget, el franco-argentino de 35 años que decidió terminar su carrera en el equipo de sus amores, le ilumine la tarde.
La emoción está garantizada, y los afortunados que han logrado asegurar su silla en el estadio podrán sentirla de primera mano. No faltan aquellos que quieren entrar, sí o sí a la cancha. La venta y canjeo de entradas ha dado problemas durante toda la semana (una página habilitada en internet con tal propósito, LivePass, quedó colapsada el martes a la noche), y en la reventa los precios oscilan entre 300 y 600 euros. Hay quienes no dudan en pagar esas cifras escandalosas. Sienten que el Superclásico no es sólo un partido, es un acontecimiento pasional que decidirá el humor de la semana o, quizá, el mes.