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La pizpireta abuela, de 77 años, que estos días se pasea por Londres como invitada de honor de la Federación Internacional de Gimnasia y no pierde detalle de la competición olímpica que se disputa en el monumental O2 Arena es un símbolo del olimpismo. Pero también de otros tiempos, de la extinta Unión Soviética y de la guerra fría que dividió al mundo en dos a mediados del siglo XX.
Información publicada en la página 309 de la sección de Deportes de la edición impresa del día 01 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Larisa Latynina era, hasta ahora, la inalcanzable referencia de cualquier deportista en los Juegos, con sus 18 medallas (nueve de oro, cinco de plata y cuatro de bronce). Desde ayer ese honor corresponde a Michael Phelps que ya lleva 19 y que, con opciones de sumar dos más, dejará en Londres el último capítulo de su propia leyenda.
Símbolo de la URSS
Durante tres lustros, Latynina fue la bandera de su país cuando el deporte de la URSS estaba al servicio de la propaganda comunista. Y jamás se escondió. «Después de mi victoria en Melbourne y Roma participé de manera entusiasta en la campaña de propaganda. Yo era muy patriota. Mi gimnasia no era solo mía. También pertenecía a mi tierra soviética y a toda su gente». Aún se muestra orgullosa de su pasado y se la ha visto estos días con el chándal de entrenamiento de Russia, aunque después de Montreal-76, a donde acudió como seleccionadora, igual que hizo en México-68 y Múnich-74, la federación la despidió porque sus gimnastas cedieron ante la irrupción de una rumana llamada Nadia Comaneci.
Nacida en el 1934 en Ucrania, la llegada de Latynina a la gimnasia fue una revolución porque la llevó a unos nuevos límites, aportando gracia y ritmo, sobre todo en los ejercicios de suelo, consecuencia de sus inicios en el ballet. Su determinación y su carácter se forjaron en una infancia de privaciones. Nació en plena hambruna. Vivió la invasión nazi de la Unión Soviética. Su padre, Semyon, falleció en 1943 en la batalla de Leningrado. Y un año después, lo hizo su madre. El estado se hizo cargo de aquella huérfana que deambulaba por las calles en una Ucrania destrozada, abriéndole las puertas de los programas de arte y deporte.
Latynina comprendió que su carácter competitivo era su única vía de salvación. «Me propuse ser la primera en todo lo que hiciera: la mejor estudiante o la mejor atleta». Su determinación la demostró, por ejemplo, en los Mundiales de Moscú-58 cuando compitió embarazada de cinco meses. Los médicos de la delegación soviética le guardaron el secreto y ganó cinco oros y una plata.
Su debut olímpico llegó en Melbourne-56 donde cautivó y logró cuatro oros, una plata y un bronce. Su racha de conquistas prosiguió en Roma-60 con seis medallas más (tres oros, dos platas y un bronce) y la cerró en Tokio-64 con dos oros, dos platas y dos bronces.
Hoy en día, Latynina está lejos de las penurias de su infancia. Vive en una casa de campo a las afueras de Moscú y una de sus tres hijos, Tatiana, está casada con el multimillonario ruso Rostislav Ordovsky-Tanaevsky Blanco, con el que vive desde hace años en Inglaterra.
Cuenta Latynina que a principios de este año, pudo conocer a Phelps en Nueva York. «Me pareció un chico encantador. Sería un verdadero placer entregarle la 19 medalla. Se lo sugerí al COI, pero no creo que me quieran. El COI está lleno de gente de rango y todo el mundo querrá hacerlo». Tenía tazón. Seguro que a Phelps le habría encantado que fuera ella.