No se sabe qué hubiera pasado de no haber firmado una remontada épica ante el City, un equipo rácano pese a sus recursos, que a punto estuvo de llevarse la tarta del Bernabéu. En el Madrid se vivió como una gesta, como una de esas noches mágicas, pero por encima del triunfo quedan asuntos pendientes como la suplencia de Ramos o el sentimiento de tristeza de Ronaldo, aparcado solamente para subir un peldanño más su ego con su decisivo terceo tanto en el minuto 90.
Pese a un triunfo tan capital como el del martes, las heridas en el Madrid no han cerrado. El Bernabéu pitó a Mourinho en la presentación del entrenador. El público, en parte diferente al habitual que acude en Liga, intentaba animar a su equipo, aunque eso le hiciera tragarse sapos como el trivote que plantó Mou en el centro del campo. Nadie olvidará que una vez el Madrid jugó en casa con tres centrocampistas, dos de ellos, Khedira y Essien de corte defensivo, y con Xabi Alonso intentando organizar a un equipo con más intención que fútbol.
También resuenan las palabras de Mourinho al final, sacando pecho de su pizarra. Nada de eso evitó que, tanto el público como la prensa, criticara un planteamiento tan cicatero.
Tampoco será fácil echar tierra sobre la suplencia de Ramos. Una de esas cuestiones que no encajan un vestuario. Señalar tan descaradamente a un jugador supone un acto prohibido en el libro de estilo de cualquier plantilla, pero más aún en la del el Madrid. Habrá que ver si Mou le levanta el castigo al central para el encuentro en Vallecas.
Más alegre estaba Ronaldo, aunque la sonrisa del portugués solo respondía a una especie de tregua. "No importa cómo estoy", decía tras el encuentro ante el City después de haber escuchado pitos y aplausos cuando se anunció su nombre. No los oyó Silva, a quien el Bernabéu aplaudió cuando se retiraba sustituido muy aburrido por el triste planteamiento de Mancini en la primera mitad. Uno de los grandes objetos de deseo del madridismo se había diluído.