Uno no tiene más remedio que abrir los ojos como platos cuando Carlos Soria se lamenta de arrastrar los achaques de cualquier persona de su edad: artrosis en las rodillas, arritmias ocasionales o problemas de audición. Este superhombre de 1,65 y 57 kilos tiene 73 años (Ávila, 5 de febrero de 1939) y justo en un mes acometerá la minucia de ascender el Annapurna, en el Himalaya nepalí, considerada la montaña más peligrosa del mundo. Será, de conseguirlo, su duodécimo ochomil, con la particularidad de que nueve de ellos los ha subido con más de 60 años. Con 74 pretende haber cerrado el círculo de los 14 existentes, ahora que cuenta con más medios y ayudas que nunca.
En Noruega 8 Carlos Soria, entrenándose la semana pasada sobre hielo en montañas noruegas. AGUSTÍN CATALÁN
En Noruega 8 Carlos Soria, entrenándose la semana pasada sobre hielo en montañas noruegas. AGUSTÍN CATALÁN
Información publicada en la página 48 de la sección de Deportes de la edición impresa del día 23 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Primera expedición
«Esta es mi expedición. A estas últimas montañas no puedo ir tan solo como el año pasado al Lhotse», dice Soria en su domicilio de Moralzarzal, a tiro de piedra de las cumbres de la sierra madrileña, el panorama que divisa cada día, tan distinto de la M-30, la circunvalación de la capital a la que se enfrentaba cada mañana cuando se levantaba en su domicilio familiar de la calle San Emilio, que en el bajo albergaba el taller de tapicería con el que se ganó la vida hasta que, jubilado, se mudó y dio salida a una pasión que ha dado sentido a su vida.
Para entonces ya había subido dos ochomiles, el Nanga Parbat (8.125) y Gasherbrum II (8.035). También habían pasado 17 años entre su primera tentativa de ascender un ochomil y conseguirlo, ya con 50 años cumplidos. Cumplidos los 60, ya jubilado, ha caminado desatado y solo por las cumbres del mundo. Por eso resalta lo de su «primera expedición», la primera en la que, gracias al BBVA, que le patrocina desde agosto, liderará a un grupo de profesionales y amigos como Tente Lagunilla, Sito Carcavilla, Dani Salas, Luis Miguel López, Ignacio Tena, el doctor Carlos Martínez y su sherpa de cabecera, Muktu, «el otro jefe de la expedición».
Sin más compañía que Muktu subió el año pasado al Lhotse (8.516 metros), su último ochomil, Una ascensión en la que coincidió con Juanito Oiarzabal. Para el vitoriano acabó como acabó, con un rescate más que polémico. «Gracias a Dios yo no me he visto metido en ese circo mediático que ha llegado a este mundo. En el Lhotse se lió una buena y fui el único que salió ileso, el único fuera del rollo aquel que montaron. Procuro apartarme de esas cosas», afirma Soria, que después matiza que no hay tanto circo como parece: «Hay cuatro personas que hacen mucho ruido, pero no es que la montaña sea así. Hubo aquellas fotos que sacó Edurne [Pasaban] de Juanito y a Juanito ya sabemos que hay veces que se le va la boca y se lanza, pero en el fondo no es mala persona, es mejor de lo que parece». ¿Y Edurne?: «Edurne, bien, gracias».
Se siente mucho más a gusto hablando de la preparación que lleva a cabo para culminar una hazaña que empezó a tomar forma en su cabeza cuando ya andaba por su sexto o séptimo ochomil. Ya con los 65 bien cumplidos y con la misma mentalidad que ahora. «No te puedes quedar quieto porque te duela algo, sino mover lo que no te duele para que el cuerpo no se quede ahí hecho polvo. Por lo demás, nada del otro mundo. Soy una birrieja, pequeño y tal. Me cuido lo normal, hago deporte porque es lo que he hecho toda mi vida, además de trabajar, claro», comenta con la mayor naturalidad del mundo.
Parar a tiempo
Con la misma naturalidad con que detalla que toda la vida ha hecho bicicleta, montaña, esquí de fondo, escalada, además de correr algún que otro maratón. Pero tiempo, lo que se dice tiempo para dedicarse en cuerpo y alma a los ochomiles solo tuvo a partir de la jubilación. Y ahí está, empeñado en lograr lo que se propone y vigilado de cerca por los médicos del CSD, donde le han controlado desde siempre. Y fue la cardióloga Araceli Boraíta quien, en un congreso al que Soria fue invitado a dar una charla, explicó a sus colegas que no se llamaran a engaño: «No penséis que tiene el corazón de un triatleta, ni mucho menos. Lo que mejor tiene es la cabeza, es lo que mejor usa». Por eso siempre ha sabido parar a tiempo.
«Yo no subo donde no se puede, es ridículo. Me he bajado de muchas más montañas de las que he subido y lo seguiré haciendo mientras tenga esa clarividencia. Hay gente que con la altura se debe bloquear y no se da cuenta de que además de subir hay que bajar». Espera no tener que tomar esa decisión en el Annapurna, sino todo lo contrario, que se le dé bien y pueda acometer también la ascensión al Dhaulagiri, que está cerca y para lo que también tiene permiso. Y para la primavera del año que viene, el Kanchenjunga, la guinda del pastel que se ha empeñado comer.
23/05/2012 Sociedad
23/05/2012 Economía
23/05/2012 Barcelona