Si hay un equipo con fe, ese es el Celtic. Pero esa fe que anoche mantuvo hasta el último instante y que no va a perder nunca por más que le abandone en el último instante, esa católica manera de entender el fútbol, no le alcanzó para quebrar la religiosa persistencia de un Barça que nunca agacha la cabeza. Por encima del juego, este martes, como ha ocurrido en la Liga, se impuso el deseo de este grupo de seguir siendo fiel a lo que ha sido y a lo que es, y le dio la vuelta a un incómodo partido (2-1).
En el minuto 94, en la hora de los milagros, un recién llegado que parece que nunca se hubiera ido, Jordi Alba, derribó a los once 'Bravehart'. Once soldados admirables como los cientos que había en las gradas y que acabaron ahí arriba, solos, cantando el 'You'll never walk alone', con un cierto aire de tristeza, pero con un orgullo y una fe que merecen el mayor de los respetos.
El Barça siguió el rastro de estas últimas semanas, espeso y poco fino. Ha dejado de ofrecer orgías para celebrar episodios con menos fútbol y más épica, que en otros escenarios llevan toda la vida acogiendo como un signo de identidad. En el Camp Nou siempre se ha llevado menos este estilo pero hoy se asume con la certeza de que es algo pasajero, mirando de reojo a los que no están, aunque al mismo tiempo haya ganas de aplaudir a Bartra y comprobar que sí, que tiene la madera del buen canterano.
El gol de Alba liberó a muchos culés de una mala sensación, ni que fuera fruto de la casualidad. Al Camp Nou no le sentó nada bien el minuto que ha convertido en tiempo de reivindicaciones. A la que se puso a clamar por la independencia, en el 17 y 14 segundos, el Celtic, tan hermanado en cuestión de sentimientos, lanzó un ataque y, en un balón por alto para no perder sus costumbres, Samaras cazó un remate y Mascherano, también en una mala costumbre de este Barça, lo metió dentro.
Paradojas del fútbol, tuvo que ser un equipo escocés, que este martes tiñó la ciudad de color verde pero también de 'senyeres' y hasta 'estelades', el que saboteara con un golpe bajo el canto por la independencia y provocara un cosquilleo entre los culés, viendo pasar de largo los minutos, convencidos de que tarde o temprano el muro caería. Pero no tan tarde, cuando ya se daba el empate por hecho.
Esa casualidad se repitió en el 17 de la segunda parte, que ya es casualidad. A la que volvió a escucharse el grito patriótico, el Celtic echó a correr en una contra que a más de uno le dio mal fario. Pero no pasó de ahí. Eso sí, el estadio dejó estar las cuestiones de Estado, que bastante tenía con temas más a ras de tierra, y empezó a hacer más fuerza para que la pelota entrara de una puñetera vez. Total, que se puso a cantar lo de toda la vida para acabar de empujar a los de Tito Vilanova, que andaban dando vueltas y más vueltas alrededor del área, en un cerco interminable y tan repetitivo como el de tantos y tantos otros partidos.
Así fue de principio a fin, con un control absoluto del juego, pero prisionero de la condena de atacar sin espacios, enfrentado a una tela de araña de 11 tipos encantados de vivir en ese encierro. Bien juntitos, la tropa de Neil Lennon se apretó en dos líneas inquebrantables, un dibujo que mantuvieron con la fe y la firmeza de quien sabe que es el único camino para sobrevivir. Y con una limpieza admirable, sin una sola patada, ni un mal gesto, con una honestidad que no demuestran otros mucho más poderosos.
En esa situacion, el Barça se pasó el partido repitiendo la misma jugada, sin parar, una y otra vez, en un martilleo que tuvo instantes desesperantes. No hubo manera de encontrar un hueco, salvo el triángulo imposible que fabricaron entre Messi, Xavi e Iniesta en el gol del empate justo antes del descanso. Ya estaba. Pues no. Ni hablar. Las ocasiones se concentraron al final, dos de las que Messi no falla, otra del extraviado Alexis y un poste de Villa. No había nada que hacer. La fe --y quién sabe si algo más-- protegía a un equipo que creyó y creyó. Hasta que apareció un torbellino. Alba, ese milagro.