Aún ahora, hay miles de lágrimas derramándose por el desértico Camp Nou que exploró Pep Guardiola, una hora más tarde de que el barcelonismo temblara de emoción en la despedida más increíble nunca vista. Se iba el genio, pero, en realidad, no se irá nunca. Desde que llegó, siendo un niño para recoger pelotas, vestido con aquel sencillo chándal azul, jamás se ha ido de su casa. Desbordado por un inacabable torbellino de emociones, Guardiola no tenía palabras.
Información publicada en la página 53 de la sección de Deportes de la edición impresa del día 06 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
«No sabéis el cariño y la felicidad que me llevo a mi casa», dijo en su discurso, mientras sus jugadores no dejaban de aplaudirle y casi 90.000 personas disfrutaban de una noche para la historia en el templo azulgrana. Fuera, millones de personas se emocionaron con Guardiola. «Me he sentido muy querido siempre, estoy emocionado, muy emocionado. No sé qué más puedo decir», confesó después en la sala de prensa. «Gracias, gracias absolutamente a todos. Os echaré mucho de menos. El que más pierdo soy yo», añadió.
«Leo me ha hecho mejor»
No le falta razón a Guardiola. Solo él se va. Él y Manel Estiarte, su amigo del alma. Los demás se quedan. Tito toma el relevo, Zubizarreta -a quien las lágrimas se le acumulaban- sentía en ese instante un enorme vacío. Todo parece que sigue igual. Pero nada será igual. Guardiola, el autor de la obra futbolística más grande (13 títulos de 18 posibles) alzada en menos tiempo (ni cuatro años), regresa a casa. «Hemos demostrado una sensación de honestidad en el juego y eso la gente lo ha percibido. No la hemos enredado durante cuatro años», dijo orgulloso de un equipo que se ha instalado en la eternidad. El que más pierde es Guardiola. Messi sigue en el Camp Nou, Iniesta también, Valdés, Puyol, Xavi... Pero él no.
«Siempre he pensado, y no lo digo ahora, que el club tenía que despedir como ha hecho conmigo a todos, sean futbolistas, entrenadores, trabajadores anónimos. Ese es el legado que siempre perdura, el que se pasa de padres a hijos».
Arriba, en el palco, estaban, precisamente sus padres, Valentí y Dolors. Asombrados, como todos, de la obra de su hijo. Emocionados, como todos, cuando Messi, tras marcar el 4-0, enfiló el camino del banquillo para abrazarse a Guardiola en una imagen que retrata cuatro años maravillosos. «He intentado ayudar a Leo, que es un jugador diferente, y él me ha hecho mejor a mí y más reconocido», admitió el entrenador, quien explicó que ese agradecimiento se trasladaba a toda la plantilla. «Saben que les quiero mucho», dijo.
«Anonimato absoluto»
Mientras Guardiola, con ojos llorosos, era incapaz de controlar tanta emoción, no sabía aún qué sería de él. «Cuando acabe la final de la Copa entraré en el anonimato más absoluto», afirmó, sin reparar en que había una pancarta que ya le indicaba el camino. «Gràcies, Pep. T'esperem, presi». Pero Guardiola no tiene futuro. Ahora no. «Aún no me he marchado y ya preguntáis cuándo volveré. Dejemos que la vida lleve su camino». Por eso, cogió la mano de Tito para realizar la última sardana en el estadio.