Los Juegos Olímpicos de Londres ya ruedan. Tras una ceremonia inaugural de película, dirigida por el prestigioso realizador Danny Boyle (Slumdog Millionaire y Trainspotting, entre otro filmes), hoy se comenzarán a repartir las primeras medallas con la moral del país anfitrión por las nubes tras el éxito del acto inaugural y las opciones españolas que no se espera, en realidad, que estén a la altura del magnífico abanderado, Pau Gasol, que encabezó a la coloreada delegación en el desfile, en sustitución del ausente más añorado, Rafael Nadal.
Hoy comenzarán a rodar de verdad los Juegos de la XXX Olimpiada, que recalan por tercera vez en Londres (tras los de 1908 y 1948). Ciclismo en ruta, gimnasia, natación, balonmano, tenis, judo, voleibol, bádminton, esgrima y tiro entran en juego. Pero la acción empezó ayer con una ceremonia de apertura que estuvo a la altura.
El acto inaugural del Estadio Olímpico, con un presupuesto de 32 millones de euros, no quería competir con la grandilocuencia, perfección y derroche de la de hace cuatro años en el Nido de Pekín, que costó más del doble. Ni lo intentó. Pero en cambio alcanzó unas altas cotas de implicación del público presente y del televisivo -más de 1.000 millones de personas eran las estimaciones- explotando a fondo la rica evolución de la historia local y los puntos fuertes de la cultura, la música, el cine, el teatro, la televisión, el deporte y el espectáculo británicos.
CARAS CONOCIDAS / Desde que el ciclista Bradley Wiggins, primer británico ganador del Tour, tuvo el honor de tocar la campana que daba inicio al acto inaugural, el desfile no tan solo de deportistas, sino de personalidades, no cesó. Kenneth Brannagh, recitando un fragmento de La Tempestad, de William Shakespeare, abrió el turno, al que más tarde se añadieron, en diferentes momentos de la fiesta, Paul McCartney, Mike Oldfield, Rowan Atkinson (Mister Bean, durmiéndose tocando la sintonía de Carros de Fuego y haciendo trampas para ganar a Lidell y Abrahams en las playas de Saint Andrew) o la enigmática creadora de Harry Potter, JK Rowling, en una de sus escasas apariciones públicas. Sin olvidar el desternillante sketch del James Bond Daniel Craig acompañando a la reina Isabel II desde el castillo de Balmoral al estadio en helicóptero para acabar lanzándose ambos sobre él en paracaídas y llegar así a tiempo a la ceremonia.
70.000 MINIPANTALLAS / Música trepidante, videoclips vertiginosos, una puesta en escena monumental con 7.500 voluntarios y casi 3.000 artistas e innovaciones tecnológicas impactantes (70.000 minipantallas pixeladas con luces LED podían convertir el recinto en una discoteca o una nave espacial, si hacía falta). Todo ello puso Danny Boyle al servicio de una historia que, partiendo de la vida rural y la campiña, transcurrió por las tres principales revoluciones vividas en Inglaterra: la industrial del siglo XIX, la de actitudes sociales de finales de los años 60 del siglo pasado y la digital y de nuevas tecnologías actual. Tim Berners-Lee, creador de World Wide Webb, tuvo el reconocimiento por la forma en que ha cambiado las formas de comunicarse. Y luego repasó Boyle en su espectáculo lo más florido de la literatura infantil (de Peter Pan a Cruella de Vil, de Harry Potter a Mary Poppins), la música de varias décadas como en el mejor guateque, y las series de televisión y las películas de culto.
Todo ello, preámbulo de la parte más ritual de la apertura, la que viene marcada por la liturgia olímpica, y culminada con la ignición coral de un original, solidario y efímero pebetero creado en la noche de ayer.
PÉTALOS DE FLOR / El pebetero, configurado en el centro del estadio con simbólicos pétalos de flor acarreados durante el desfile por cada uno de los países, fue encendido por siete jóvenes deportistas británicos, campeones del futuro, que recibieron el fuego del exremero Steven Redgrave y, antes, de David Beckham, que lo hizo llegar a través del Támesis. Fue el final de un largo periplo del fuego que, por territorio británico, han seguido en vivo tres millones de personas en 70 días a través de 8.000 portadores y 12.874 kilómetros recorridos hasta aterrizar en la flor perecedera del estadio, ya que cada país se llevará su pétalo en cuanto acaben los Juegos.
Antes de que Isabel II declarara abiertos los Juegos y que el peculiar alcalde londinense, Boris Johnson, recitara un poema en griego clásico, una amplia representación de la delegación española, compuesta por 282 deportistas (112 mujeres) desfiló detrás de Pau Gasol.
Más que desfilar, pasearon, como si quisieran prolongar y eternizar el momento, ante el nerviosismo de los organizadores, que intentaban en vano acelerar su paso. El waterpolista Iván Pérez, al borde la retirada, lucía una vistosa peluca fucsia. Hoy llegará el momento de la verdad. La fiesta queda atrás.