El seguidor se quejaba del paraguas del vecino. «Que lo cierres», le pedía. «Que me mojo, collons». «Pues me voy afuera». Porque fuera, apartando un poco la red verde instalada para que no pudieran ver el partido los que no habían pagado, y con permiso de la autoridad -es decir, los Mossos-,
En primera fila 8 Un jugador del Llagostera tira una falta cerca de la portería rival ante la atenta mirada de los aficionados, ataviados con paraguas. JORDI COTRINA
Información publicada en la página 59 de la sección de Deportes de la edición impresa del día 31 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
la fiesta de la Copa del Rey -es decir, el Llagostera-Valencia (0-2)- se veía mejor que dentro del pequeño estadio municipal, engrandecido con gradas de alquiler.
Los chicos de Gambia no lo entendían. A ellos los echaban y a los otros no. «Nos sacan porque somos negros», decían. Hubo que explicarles que el color de la piel no tenía nada que ver. En la improvisada tribuna, a las afueras del campo, solo podían estar quienes disponían de entrada. Y ellos no habían pagado.
Realmente, fue una pena que lloviera porque el agua ensombreció lo que debía ser -de hecho, lo fue igualmente- la gran fiesta del Llagostera, su estreno con todo un equipo de Champions, el Valencia, que ni sufrió con la lluvia ni puso en riesgo su clasificación en la Copa del Rey. Pero si el pequeño campo, anoche con algo más de 2.000 seguidores en las gradas de poner y quitar, se había vestido con las máximas galas para recibir al conjunto levantino, lo cierto es que no estaba preparado para la lluvia. Había espectadores que deambulaban de una parte a otra para encontrar un hueco en el que ver rodar el balón un poco, con algo de visión, que se perdía en el instante en que se producía cualquier acción de peligro. Eso sí: había que estar concentrado y atento porque al mínimo descuido la pelota salía disparada hacia la grada, impulsada con fuerza brutal gracias a la rapidez del césped artificial, veloz como el rayo por culpa de las humedades.
Los gritos de Pellegrino
Al menos, situado detrás del banquillo del Valencia, se podían escuchar los gritos de Mauricio Pellegrino, quien se tomaba la primera fase de la eliminatoria como si se tratara de la final de la Liga de Campeones. A los 10 minutos, por ejemplo, el árbitro tuvo que llamarle la atención porque, como si le fuera la vida en ello, pateaba y daba brincos de rabia gritando: «¡Mano! ¡Que ha sido mano!». «¡Villarato!», le contestó con ironía un seguidor.
Era imposible sacar los móviles para plasmar con las cámaras las imágenes de una noche atípica. Había un pequeño toldo, en los lavabos, apenas cinco letrinas
-menos mal que instalaron váteres móviles, porque, de lo contrario, el caos en el descanso habría sido impresionante-. Allí se reunieron unas señoras que habían acompañado a sus maridos y a las que el fútbol, la verdad, no les iba mucho. Hablaban por teléfono a gritos, de sus cosas; ni de táctica, ni de fútbol.
Oriol Alsina, el entrenador local, a quien la presidenta del Llagostera -su esposa- no destituirá aunque se vuelva a perder por 0-2 con el Valencia en Mestalla (anoche, goles de Jonás y Valdez), se lo tomaba con calma, incluso tras fallar su equipo un penalti, tal vez porque por la mañana se había ido a cazar bolets con los periodistas desplazados a su localidad.
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