El niño Augusto Joaquín, el hijo del señor César y de la señora Lendoiro (Corcubión, A Coruña, 6-6-1945), creció admirando del Deportivo las paradas de Acuña, la autoridad de Botana en el centro del campo y las internadas de Arsenio y Moll. Luego disfrutó de la clase y extraordinaria visión de juego de Luis Suárez, y se hizo hombre viendo los goles de Amancio y Veloso. Nunca pudo imitar a aquellos ídolos del deportivismo porque no tenía cualidades, pero de su padre, que se ganaba la vida como oficial de notarías, había heredado dos cualidades: era muy trabajador y tenía dotes de organización y administración. Así, en 1960, cuando tenía 15 años, fundó un equipo de aficionados de A Coruña, el Ural.
Paralelamente, el Deportivo, acabados los buenos tiempos de la década de los 50, empezó a ser como un ascensor, sube y baja, sube y baja. El club, que ya había traspasado a Suárez al Barça y a Amancio y Veloso al Real Madrid, siguió vendiendo a sus mejores jugadores en los 60 (Pellicer al Barça), en los 70 (Manolete al Valencia) y en los 80 (José Luis Vara al Betis). Mientras, Lendoiro seguía creciendo, organizando y administrando. En 1972 constituyó un club de hockey, el Liceo ¿al que uniformó con su color favorito, el verde¿, que alcanzó cumbres de oro (ha ganado seis veces la Liga, nueve la Copa del Rey y otras seis la Copa de Europa, títulos hasta entonces acaparados por los equipos catalanes). En contraste, eran años de plomo para el Deportivo. Pero allí estaba Lendoiro dispuesto al rescate.
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