Acababa de marcar el último penalti de la tanda que metía a Malí en las semifinales de la Copa de África. Sus compañeros corrieron a abrazarle, le levantaron a hombros y le pasearon por el estadio, como el héroe y el ejemplo que es para su gente. Poco después, al aparecer en la sala de prensa, Seydou Keita no sonreía. No parecía feliz, como si se hubiera desvanecido el instante de gloria que acababa de vivir. Nadie esperaba que no pudiera contener las lágrimas en cuanto empezó a hablar. No eran de emoción; eran lágrimas que, acompañadas de sus palabras, estaban llenas de dramatismo.
Información publicada en la página 47 de la sección de Deportes de la edición impresa del día 07 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
«Todos deberíamos estar contentos esta noche pero estamos tristes por lo que está ocurriendo en nuestro país», dijo con la voz entrecortada antes de que los periodistas le preguntaran. «Esto es muy duro. No es normal. No estamos acostumbrados a esto, a los problemas y las guerras. Lo único que pido es paz. Todos somos malienses. No podemos matarnos entre nosotros. El triunfo es para la gente de Malí, para todos».
Las noticias que habían llegado a la concentración de Malí en Ibraville (Gabón) eran inquietantes. Los combates entre los grupos de rebeldes tuareg, que luchan por la independencia de Azawad, una región en el norte del país, y el ejército maliense se han intensificado y han provocado más de 20 muertos. Aunque esas cifras difieren según las fuentes, y los tuareg aseguran que han matado a «decenas de militares» y se habla de que más de 10.000 han emprendido un forzado exilio en busca de paz. La situación ha empeorado coincidiendo con la participación del equipo en la Copa de África, cuya clasificación se ha convertido en un motivo de celebración en todo el país.
Pero los grandes protagonistas, con Keita a la cabeza, han querido aprovechar este éxito para lanzar un mensaje pidiendo paz. «Sí, hemos ganado, pero tenemos miedo de lo que va a pasar cuando volvamos a casa. Hay una gran tristeza en el equipo. Pedimos al presidente que haga lo máximo para acabar con esta situación. Que paren las luchas y las muertes en el norte», prosiguió el futbolista azulgrana, quien tiene ante sí otro desafío. «Marcar el penalti ha sido como un sueño. Me siento orgulloso de llevar esta camiseta. He ganado mucho con el Barcelona, pero esto ha sido como ganar la Copa», dijo, consciente de la dificultad de superar mañana a Costa de Marfil y alcanzar la final. Pero Keita cambiaría la gloria por un deseo: «Esta victoria debería ayudarnos a estar más unidos».
En Sant Joan Despí cuentan los días para que Keita esté de vuelta. La clasifiación de Malí para semifinales le retendrá, sin embargo, hasta el fin de semana, por lo que no podrá estar para Pamplona. Sí podrá viajar a Leverkusen para la cita de Champions del martes. Hace ya cuatro semanas que no está y se le echa de menos. Dentro y fuera del campo. No habla mucho, pero su voz es de las que todos escuchan, con un respeto que se ha ganado por su humildad, su honestidad y su capacidad de sacrificio. Pep Guardiola está rendido a sus pies, por más que no le utilice tanto como le gustaría.
«Mascherano y Keita son mis niñitas, no me los toquéis, son unas joyas», proclamó tras ganar 5-0 al Villarreal en el primer partido de Liga de esta temporada. Después de saber del mensaje que Seydou ha enviado a su pueblo con lágrimas en los ojos, le habrá conquistado aún más. Keita merece todos los honores.
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