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La jornada de Liga / El partido del Camp Nou

El descaro de Tello no evita el sufrimiento final

El extremo deslumbró, pero el Barça perdonó tanto que se complicó la vida en la segunda mitad

Domingo, 5 de febrero del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
MARCOS LÓPEZ
BARCELONA

Con Tello, un extremo punzante, atrevido, persistente, profundo, el Barça encontró el aire que necesitaba para ganar a la Real Sociedad, pero sin evitar el sufrimiento final. De ese fútbol académico, ordenado, pulcro y, sobre todo, inteligente de la primera parte, a pesar de que Messi necesitó cinco ocasiones para marcar, se pasó al miedo de los minutos finales donde, entre la lesión de Sergio Busquets y el fútbol pobre de los azulgranas, no tuvieron la recompensa que merecían,

Tello remata ante la salida de Bravo en la jugada del primer gol. JORDI COTRINA

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Información publicada en la página 51 de la sección de Deportes de la edición impresa del día 05 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Suerte tuvo el Barça, eso sí, de que Valdés no entiende de noches frías y que tanto Puyol como Mascherano son tan fiables que pueden permitirse hasta malos días del Messi rematador, no del Messi asistente. Pero es un mal signo para el equipo de Guardiola que los mejores sean los centrales y un joven del filial, de apenas 20 años, que debutaba como titular en la Liga. Son noches de duro invierno, donde el Barça juega bien pero no remata. Noches de duro invierno donde el fútbol desaparece porque la ansiedad se apodera del balón y todo se complica.

REVOLUCIÓN DE GUARDIOLLA / En la penúltima revolución (siempre se guarda la última no se sabe para cuándo), Guardiola demostró su valentía. No era un partido más. Estaba, y sigue estando, en juego la Liga, pero el técnico decidió un once realmente transgresor dando descanso a las vacas sagradas (Xavi, Piqué, Abidal, Sergio Busquets y Alexis), mientras apostaba por jóvenes del Mini (a Jonathan dos Santos le dio el mando del equipo y al irreverente Tello la posibilidad de demostrar que los viejos extremos aún viven). Todo salpicado por una defensa tradicional, con dos centrales rapidísimos (Puyol y Mascherano), protegidos por dos laterales de verdad (Alves y Adriano). Los mismos que hace una semana eran extremos en El Madrigal. Si Guardiola se equivoca, es el primero en asumirlo.

Así, con un Barça B reforzado por Valdés, imperial en su única pero decisiva parada, y Messi. O el Messi que anda buscando a Messi. Llegada la media hora inicial de partido, el equipo había completado un juego excelente, inyectando presión en cada balón, con rapidez, jamás confundida con precipitación, y la suficiente calma para hacerle entender a la Real Sociedad que le tocaba vivir una tortura en el Camp Nou.

Mientras Messi, que se estrelló en dos ocasiones con el cuerpo de Bravo, el meta chileno, seguía en el camino de la búsqueda, dejó un delicioso pase al espacio para que ese osado Tello dictara una lección sobre el juego de los extremos. Rompió en velocidad a Carlos Martínez, el atormentado lateral de la Real, y después con una dulzura exquisita tocó la pelota para que entrara con una hermosa lentitud en la red.

Un gol espectacular. Demasiado poco premio para ese buen fútbol de la media hora inicial. Después, el partido se enredó. Y en la segunda mitad, la Real colocó a Griezmann en la punta del ataque para desestabilizar a Puyol y Mascherano. Lo consiguió pero topó con Valdés. Siempre Valdés. Inmenso, de nuevo.

NERVIOSISMO Y MIEDO / A donde no llegaba Messi en el área, emergía el portero en el hogar propio. Ni cuando el Camp Nou se liberó con el gol de Messi (fue a la quinta ocasión y la más difícil de todas) llegó la calma. El tanto de Vela, tras un error de Thiago, sembró el nerviosismo en el Barça. Todo se transformó en miedo cuando se vio retorcerse de dolor a Sergio Busquets después de que le pisaran la pierna derecha. El estadio quedó encogido. Guardiola, también. Sus compañeros (Cesc, Valdés...), congelados. Pero no de frío sino al ver la herida de su amigo. El fútbol juvenil y lúdico del inicio se transformó entonces en un partido dominado por el pavor. Ni Abidal ni Busquets, víctima de la fatalidad, dieron esa calma buscada. Entonces, el Camp Nou pedía, suplicaba, la hora, mientras un coloso (Mascherano) sostenía a un equipo que más bien parece un hospital de tanto que sufre.

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