A nadie se le ocurrió nunca establecer un paralelismo entre Leo Messi y Gerd Müller por tratarse de futbolistas con pocas similitudes más allá de su corta estatura. Las referencias para medir las virtudes del astro argentino han sido otras: la precocidad de Pelé, el rendimiento de Di Stéfano, el cambio de ritmo de Cruyff o la precisión de la zurda de Maradona.
Información publicada en la página 52 de la sección de Deportes de la edición impresa del día 04 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
La reconversión de Messi en un goleador implacable ha rescatado la figura de Torpedo Müller, un delantero alemán bajito y rechoncho («parece un levantador de pesas», dijo de él Zlatko Cajkovski, su primer entrenador en el Bayern de Münich al aceptarle en la plantilla con ciertas reticencias), de nombre y apellidos tan comunes en Alemania como serían José, Antonio, López o García, que se convirtió en el paradigma del cazagoles. El torpedo ha quedado desactivado por Messi, que devora récords con la velocidad de un misil. En nueve meses ha rebasado a Kubala, a César y ahora a Müller, recordman mundial de goles en una temporada. Los 67 del artillero alemán, vivos y distintivos desde 1972, se han desintegrado ante los 68 firmados por Messi el miércoles. A Leo le quedan tres partidos para elevar el listón otros 40 años más.
Gerhard Müller (Nördlingen, 3 de noviembre de 1945) parecía una especie extinguida. Por ser la antítesis del delantero alto y fuerte y por ser un nueve que se construyó una choza en el área. Y por las cifras recopiladas durante 14 años,
Una época dorada
Nunca buscó el gol perfecto como pretende Messi cuando enfila la portería enemiga. «No importa cómo marques, sino que el balón acabe en la red; solo quería el gol, eso es todo», fue el lema profesional de Müller, cuyo historial es idéntico al de Sepp Maier y Franz Beckenbauer. Con ellos compartió la época dorada del Bayern (cuatro Ligas, cuatro Copas, tres Copas de Europa, una Recopa y una Intercontinental) y de Alemania, campeona de la Eurocopa-72 y del Mundial-74.
«Sin los goles de Gerd, probablemente habría cabañas todavía hoy en nuestro campo de entrenamiento», reconoció Beckenbauer, el capitán de aquel equipo y aquella selección, de la crucial aportación del delantero, desgarbado y barbudo, tan indiferente a su imagen como a la belleza de los goles. Marcó tantos que nadie se equiparó a sus promedios (365 en 427 partidos) y en la selección (68 en 62 partidos). Hasta que llegó Messi, en cuyas estanterías se repiten muchos de los trofeos (Balón de Oro, Bota de Oro...) de Müller, hijo de un camionero que murió cuando tenía 16 años y que trabajó en una fábrica de muebles en sus inicios futbolísticos para ayudar al sustento de su madre y sus cuatro hermanos.
No hizo nada mejor que sumar goles, a pesar de que grabó un disco y participó en dos películas. Se marchó de mala manera del Bayern y voló a la llamada del soccer estadounidense. Incluso jugó en el Helsinki cerca de la cuarentena antes de caer en el abismo personal, con excesos con la bebida y conflictos familiares hasta que la cuadrilla (Maier, Beckenbauer, Breitner, Hoeness) le rescató para volver al Bayern y enseñar el arte del gol.