Los Barça-Real Madrid y viceversa nunca han sido partidos placenteros. Pero el significado que desde hace ya varios años le damos la mayoría de aficionados -y no aficionados- incluidos los medios de comunica-
Información publicada en la página 508 de la sección de En Portada de la edición impresa del día 06 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
ción, no es exactamente el que recuerdo haber vivido durante muchos años. Y me temo que esta nueva cita entre los dos grandes, por razones obvias, puede depararnos matices aumentados de un cierto fundamentalismo.
Llevo asistiendo al campo del FC Barcelona, entre Les Corts y el Camp Nou, de manera ininterrumpida, a 70 partidos de Liga Barcelona- Real Madrid, a lo largo de otros tantos años. Este será, pues, el 71. Si añadimos los encuentros de Copa -del Generalísimo y del Rey-, de la Copa de Europa, la Supercopa, el par de docenas que habré cubierto en Chamartín y el Bernabéu y algún amistoso, supera el centenar. A veces llego a pensar si podría ser una especie de récord Guinness. Cerca andaría, por lo menos…
Salvo honrosas excepciones, los duelos entre azulgranas y blancos han sido conflictivos. O, si lo prefieren, antipáticos. El enojo por el centralismo -existente e incuestionable- en la década de los 40 lo reflejaba la grada de Les Corts con gritos dedicados a árbitros como Mazagatos y Gojenuri, que más oí corear con actitud reivindicativa en muchos casos en mi niñez. Las quejas por unos errores arbitrales que siempre iban en la misma dirección eran una humilde rebelión contra aquel poder central que lo tenía todo atado y bien atado.
Lo más grave, aquel 11-1 de Copa en el viejo Chamartín, con la presencia en el vestuario del Barça del mismísimo director general de Seguridad y el jefe superior de Policía advirtiendo a los jugadores: «Ojo con lo que hacen. Compórtense con serenidad. Les conocemos a todos». Algunos habían regresado hacía muy poco, tras haberse visto obligados a exiliarse después de la guerra civil.
El 'porquer' Josep Raich
Nadie se atrevía, en público, a la más mínima licencia catalanista porque habría sido duramente reprimida. Por cierto que el día que el FC Barcelona recibía el trofeo de campeón de la Liga 1944-45, en el palco presidencial de LesCorts, el capitán barcelonista Josep Raich habló en catalán. Recuerdo perfectamente sus palabras: «Com que soc porquer i no tinc facilitat de paraula, li dono la paraula al meu company Escolá».
Hoy en día puede resultar difícil de creer, pero el capitán del FC Barcelona campeón… trabajaba conduciendo un camión de ganado. Al oír las palabras de Raich, miré a mi padre, entre asombrado y un pelín asustado, ya que el día anterior yo había recibido la reprimenda de un policía -aquellos llamados grises- porque le hablé, educadamente, en catalán. Me dio un pescozón y me gritó, categórico: «¡Habla bien!». Fue en la calle de Entença, en el mismísimo Eixample barcelonés.
La excepción que confirmaba aquella regla podía llamarse Josep Samitier. He aquí una anécdota significativa. La junta directiva azulgrana, conminada a rendir visita de cortesía al Caudillo, decidió hacerlo sin el técnico Samitier porque, según un directivo afín -no había otro remedio- había aconsejado su no asistencia: «Es un empleado y solo debemos ir los dirigentes».
Ya en el Pardo, al abrirse la puerta del salón y aparecer Francisco Franco, miró a derecha e izquierda y preguntó: «¿No ha venido Pepe?». Alguien reaccionó rápido: «Está enfermo, Excelencia». Al regreso de Madrid, hubo que promover otra visita en la que a Josep Samitier le acompañaron un par de jugadores. Uno de ellos, Marià Gonzalvo, Gonzalvo III, fue quien me contó la anécdota: «Franco sonrió, abrió los brazos y abrazó a Samitier». Y este, socarrón como era, pasó la mano por el abdomen del General, que vestía de uniforme, claro, y le dijo: «Ah, Excelencia… Se está engordando. Debe cuidarse. Gimnasia, mucha gimnasia». Y Franco reía y reía. Samitier era su debilidad. En la época, ¿cuánta gente habría osado manosear la guerrera del Generalísimo?
Samitier, el primer Figo
Las primeras escaramuzas entre el Barça y el Real vienen de lejos. Probablemente desde 1916, cuando se enfrentaron en la Copa de España y empataron a seis, con muchos desencuentros y quejas de unos y otros. Más tarde, en 1933, el divorcio se hizo mayor cuando Samitier, después de 13 años siendo la gran figura azulgrana, fichó por el equipo blanco… e inauguró otro clásico, la tertulia habitual de fútbol, en una cafetería de la calle de Alcalá de Madrid.
Después de aquella referencia en la década de los 40, en los 50 llegó la estúpida, absurda e injusta expulsión de Kubala, en Les Corts, propiciada por el teatro del central blanco Oliva y que convirtió a Gardeazábal en un árbitro con pedigrí. Probablemente desde ese día los Barça-Madrid y viceversa han resultado más antipáticos, con mención especial al controvertido penalti -fuera del área- que Guruceta señaló a Rifé y que, por simple razón de la edad, ya está en la mente de muchos más aficionados. Como la famosa final de Copa, recordada como la de las botellas, en el Bernabéu. Y, sin duda, el lamentable espectáculo que dio el Camp Nou el primer día que vino Figo de blanco.
Y están también algunas frases, como la de Santiago Bernabéu cuando dijo aquello de «me gusta Catalunya a pesar de los catalanes» o la del árbitro madrileño Camacho, al desvelar que José Plaza, el jefe de los árbitros, le había confiado: «Mientras yo sea presidente, el Barcelona no será campeón». Y no lo fue… Me parece justo señalar que en la primera entrevista que le hice a Bernabéu, en su domicilio de Madrid, don Santiago, que veraneaba en Santa Pola (Alicante) me habló… ¡en catalán!
También recuerdo, agradablemente, algunos clásicos más positivos. Por ejemplo, en la temporada 1950-51, cuando el Barça se impuso por 7-2, con dos goles del extremo Nicolau, otros dos de Marco Aurelio, y otros de César, Basora y Gonzalvo III. O en la temporada 58-59, en la que se ganó al Real por 4-0 con tres goles de Evaristo y otro de Tejada. A los brasileños del FC Barcelona no se les ha dado mal el Real Madrid. Un gol del propio Evaristo eliminó al Madrid de su Copa de Europa.
Aplausos y emoción
En otro orden de cosas, hay que rememorar aquella tarde de febrero de 1980 cuando el público del Camp Nou, en pie, aplaudió a Laurie Cunningham, un inglés, hijo de jamaicanos, que marcó dos goles espectaculares en la victoria del Real Madrid. De manera que aplaudir al rival no lo inventaron aquel señor de la bufanda y su hijo, aunque no haya que quitarles mérito, que en el Bernabéu también aplaudieron al Bar-ça de Ronaldinho.
El Barça-Madrid más emotivo tuvo lugar en abril de 1968, en partido que se jugó en martes, con Gento y Zaldua de capitanes, debido al triste e inesperado fallecimiento del queridísimo defensa azulgrana Julio César Benítez. Y el recuerdo más agradable y simpático, sin duda, se dio el día de San Esteban de 1943, cuando el Barça invitó al Real Madrid para jugar el, por entonces, tradicional amistoso de Navidad. Ganó el Barcelona 4-0 y el capitán blanco, Juan Antonio Ipiña, entregó la copa al capitán azulgrana, Antoni Franco. Apellido muy de la época, por cierto… Tanto, que el conserje-jefe del palco presidencial de Les Corts se llamaba, casualmente, Francisco Franco. Ya en el Camp Nou, el club le rindió un merecido homenaje el día de su despedida, después de más de 50 años de servicio.