Hungría recibe hoy los restos de Sandor Kocsis con la honra y distinción que merecen los más grandes. Y Cabeza de Oro lo ha sido. Y lo será para siempre. Junto a Kubala y Czibor, son historia del Barcelona. Ladislao Kubala fue el primero en huir de Hungría y cuando llegó a Barcelona, Samitier le vio con el Hungaria, un equipo de exiliados y bastó una frase: «Este rubio no se escapa».
Información publicada en la página 51 de la sección de Deportes de la edición impresa del día 21 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
No es justo que el nombre de Kubala no figure en la relación de los mejores futbolistas de la historia. Ha sido uno de los más grandes y para el Barça, el más grande. Y algo que todavía engrandece más su figura y su recuerdo: un hombre bueno. Cuando tenía 13 años coincidí con él en los viejos campos de entrenamiento que el Barça tenía en la Bordeta. Por vez primera tuve en mis manos unas botas que parecían zapatillas. Y durante un año, tuvo la paciencia de enseñarme a darle efecto al balón en las faltas, algo que aquí desconocíamos.
Laszi era generoso, desprendido, humilde y tímido. Muy tímido a pesar de su arrolladora personalidad en el campo que hizo del Barça un equipo campeón y seguro de sí mismo. Desde su debut, Kubala comenzó a hacer más grande el Barça y más pequeño el entrañable Les Corts. Y, ya lo saben, nació el Camp Nou.
Sandor Kocsis era otra cosa. Fino, estilista, intuitivo…. Pasó por Suiza, jugador-entrenador en el Young Fellows y con este equipo visitó las Corts por primera vez. En 1958 ya era azulgrana. Medía 1,77 metros, pero nadie saltó más y mejor que él. Parecía mantenerse en el aire y cabeceaba el balón siempre con la frente, que era un rosario de cicatrices. Ha pasado a la historia como Cabeza de Oro pero es obligado aclarar que este apodo no le vino por sus espectaculares remates de cabeza -exceptuando a César, nadie como él en el Barça -sino por su inteligencia futbolística. Se lo pusieron los franceses en 1951-52 «porque jugaba pensando». Este uno-dos, Xavi -Messi, por ejemplo, de hoy en día -con el pie- lo completaba Kocsis con la cabeza. Un centro en el área lo convertía en una dejada sutil, perfecta y exquisita para que rematara un compañero. Le rompieron la rodilla contra el Madrid en un Carranza y por el ansia en la larga recuperación, padeció una úlcera estomacal que se le reproducía cada otoño y le obligaba a una medicación intensiva. Kocsis ha sido el más inteligente dentro de un terreno de juego.
El más diferente, Czibor. Extremo, intuitivo, sus gestos técnicos eran pura improvisación. Cariñosamente le apodaron pájaro loco, por esas acciones inesperadas y su rubia melena flotando al viento. Imposible saber por dónde iba a salir, tras un regate o una finta, por parte de su marcador… y de sus propios compañeros. Con Kocsis sufrieron la maldición del Mundial de Alemania-54 cuando con Hungría, el mejor equipo del momento, derrotó a los anfitriones en la fase previa por 8-3 y, luego, en la final, los mismos alemanes les ganaron por 3-2.
Por eso, cuando el Barça iba a jugar la final europea de 1961 en el Wankdorf Stadion, de Berna, contra el Benfica, Kocsis y Czibor, le insistieron a Ángel Mur (padre): «Hay brujas. No se puede ganar». El resultado ya lo saben: cuatro postes y la derrota más injusta que equipo alguno ha sufrido en la Copa de Europa. Aquellos amigos húngaros. Los tres grandes futbolistas. Con la llegada de los restos de Kocsis a Budapest, Hungría -y el Barça, de hecho- los recordará y honrará a los tres.