Hay cosas que tardan en llegar y quizá por eso, cuando lo hacen, son gloriosas, más aún si llegan de forma espectacular. Anoche, en un partido de tenis memorable que cerró el Abierto de Estados Unidos, el escocés Andy Murray se alzó con el título. En el 7-6 (12-10), 6-5, 2-6, 3-6 y 6-2 estaba su primer Grand Slam, el primer grande para un británico desde 1936. Y conseguía ese título, poco después de un mes de ganar el oro olímpico, en un eléctrico y maratoniano partido a cinco sets frente a Novak Djokovic, uno de los jugadores que, junto a Roger Federer y Rafael Nadal, hasta ayer habían mantenido al escocés fuera de la cumbre sobre la que llevan años ejerciendo un férreo control.
El británico Andy Murray, derecha, y el serbio Novak Djokovic posan con sus títulos de campeón y subcampeón del Abierto de Estados Unidos. JOHN G. MABANGLO | EFE
"Quizá si no hubiera jugado en la era de Federer, Nadal y Djokovic habría ganado más, pero no habría sido tan buen jugador", reconocía en la abarrotada sala de prensa Murray, flamante campeón, la emoción contenida, aún sumido en cierto estado de "incredulidad".
La palabra que mejor definía su sensación y a la que más se agarraba era, sin embargo, "alivio". Y lo que acaba de suceder en la pista lo explicaba. Fueron cuatro horas y 54 minutos de lucha salvaje, no solo entre los dos indiscutibles mejores jugadores del torneo, sino contra los elementos. Y es que la final estuvo marcada por un viento endemoniado, como la semifinal de Murray con Tomas Berdych del sábado y el arranque de la de Djokovic con David Ferrer.
Adaptarse a las circunstancias les llevó a los dos finalistas su tiempo. Siempre que uno jugaba contra el viento perdía. Se rompían los servicios. Y desde el primer momento (hubo un rally de 54 golpes en sexto juego) estuvo claro que ambos iban a darlo todo en Arthur Ashe.
Hicieron falta 127 minutos y un 'tie break' 12-10 para que Murray se apuntara el primer set. Rompió los dos primeros servicios del serbio en el segundo, pero Djokovic hizo lo mismo y el escocés tuvo que llegar al 7-5. Y en el tercero, el campeón en Flushing Meadows hace justo un año confirmó con un 6-2 que requirió 48 minutos de juego que la final iba para largo.
Djokovic se apuntó también la cuarta manga por 6-3 y, cuando ya llevaban cuatro horas y 3 minutos de agotadora lucha, una que había hecho de las piernas de Murray "gelatina" según se gritaba enfadado a si mismo en momentos críticos del partido, se embarcaron en el quinto set.
Ahí a Murray le empujaron las ganas. Luego bromearía diciendo que "no quería ser el primer tenista en perder cinco finales de Grand Slam". Y se disparó, quizá inspirado por Ivan Lendl, un mito que empezó a entrenarle hace unos meses y que también sufrió en su día cuatro derrotas en finales de grandes antes de ganar ocho, (Lendl tenía también el récord, ahora compartido con su pupilo, de la final más larga de un abierto estadounidense).
En ese quinto set, Murray rompió los dos primeros servicios de Djokovic. Perdió uno pero volvió a arrancar otro al serbio para servir por el partido y el título de su vida. Y aunque Nole pidió atención médica en ese momento clave, Murray no se desconcentró. 15-0, 30-0 (en un saque directo que había sido cantado fuera pero resultó ser bueno), 40-0 y la gloria.