Jordi, uno de sus mejores amigos, al que conoció en La Masia en aquellas noches de lágrimas interminables, soledad dolorosa, lejos de sus familias, no se lo creía. Se giró asombrado hacia su padre y le dijo. «Andrés tira un penalti. ¡Sí, Andrés!». Para Jordi Mesalles, Iniesta no es Iniesta. Iniesta es simplemente Andrés, amigo con el que compartió días, semanas y meses de dudas, tardes de fútbol e ilusión -la pelota rueda poco tiempo y hay demasiadas horas para pensar-, mezclado todo con el temor de saber si habían escogido el camino adecuado. «¿Merece la pena estar aquí lejos de nuestra gente?», solían preguntarse a menudo un joven catalán (Jordi Mesalles) y un niño manchego (Andrés Iniesta), unidos desde entonces por un sueño común.
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Pues sí, Jordi tenía razón. Andrés estaba a punto de tirar un penalti decisivo en la semifinal de la Eurocopa ante Portugal. Ni él recordaba la última vez que había visto a su amigo lanzar uno. «Debe ser desde cadete que no lo veo ahí, pero siempre era un seguro de vida», rememoraba cuando observaba el caminar lento y pausado de Iniesta, perdón de Andrés, hacia el punto de penalti. Reparó Jordi en un detalle que no era nada irrelevante. No era el Iniesta de siempre. Caminaba igual, tranquilo, sereno, confiado diríase, pero, al mismo tiempo, tenía un aire desafiante en su rostro, aumentado quizás con una inusual barba que sobresalía en su rostro de porcelana.
Llamada al padre
Era una barba bastante poblaba, de más de un par de días sin afeitarse. Poco habitual, sin embargo, en él. Jordi percibió ese detalle y detectó que algo había cambiado definitivamente en su amigo del alma. No fue el único que se sorprendió cuando vio a Iniesta dirigirse al encuentro de Rui Patricio, el meta de Portugal, poco después de que Xabi Alonso, uno de los especialistas de España, fallara el primer lanzamiento. Iniesta pidió lanzar un penalti. Pero Jordi no estaba tranquilo del todo. «Había visto en la tele en el entrenamiento del día anterior que lo había fallado», pensó para sí mismo, aunque inmediatamente se convencía con el recuerdo del niño Andrés. Ese que era «un seguro de vida» cada vez que tocaba el balón. Mari, la madre, Maribel, la hermana, estaban angustiadas en la grada de Donetz. Su padre, José Antonio, estaba en Fuentealbilla ya que su ancestral pavor a los aviones le hace quedarse siempre en casa. «España ha ganado y el chico ha marcado de penalti», le contó la madre. «¡No me jodas!», replicó José Antonio, que no ve los partidos, presa de los nervios. Hasta a ellos les cuesta recordar, como a Jordi, el último penalti que tiró.
Se presentó ante Rui Patricio, sin mirarlo apenas, aguardó a que el meta luso se inclinara a su derecha y él lanzó a la izquierda, casi por el centro. Era el penalti de su vida, el mismo que debió explicar después educadamente a Sara Carbonero, aunque lo hubiera visto el mundo entero. Tras abrir en Stamford Bridge la puerta del paraíso al Barça de Guardiola y colocar a España en la eternidad con su gol en Johanesburgo, aquel tiro retrató a un Iniesta oculto. A ese lobo solitario que abandonó su casa de Fuentealbilla, cansado de driblar mesas y sillas del bar de su abuelo, hasta convertirse en patrimonio de todos. Vuelve a casa para contraer matrimonio el domingo con Anna, tranquilo consigo mismo. El fútbol está en paz con Andrés.