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El 'abuelo Samalanqi'

CHINA DEDICA EN TIANJIN UN MUSEO MONUMENTAL al expresidente barcelonés del COI,

que llevó los Juegos a Pekín en el 2008 y que es el primer extranjero en tener ese honor

Sábado, 11 de mayo del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
ADRIÁN FONCILLAS
PEKÍN

China ha corporeizado su agradecimiento a Juan Antonio Samaranch en un edificio de formas circulares de 144.000 metros cuadrados levantado a mayor gloria del presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) entre 1980 y el 2001. Tres años después de su muerte, el Samaranch Memorial Center fue inaugurado el 21 de abril en Tianjin, dos horas al este de Pekín, con presencia de familiares, decenas de dirigentes olímpicos chinos e internacionales y su sucesor en el cargo, el belga Jacques Rogge.

Un busto del expresidente del COI preside el vestíbulo del museo. EFE / ANTONIO BROTO

Imagen exterior del museo dedicado a Juan Antonio Samaranch, compuesto por cinco edificios de distinto tamaño que simbolizan los cinco anillos olímpicos. EFE / ANTONIO BROTO

Las sinuosas entrañas del museo repasan su biografía. Sus fotos de juventud, los trofeos ganados como jugador de hockey sobre patines o la crónica periodística de un Barça-Madrid en Les Corts. Una carta estrictamente confidencial de 1980 sobre el boicot a los JJOO de Moscú. Una reproducción exacta de su oficina profesional en Barcelona. Una sección dedicada a su esposa, Bibí Salisachs, con retratos y loas al amor imperecedero. Fotos con todos los presidentes chinos desde Deng Xiaoping hasta el actual, Xi Jinping, cuando era un joven dirigente provincial en Zhejiang. La historia de un niño con cáncer que le prometió en una carta que, aunque ya no estaría en este mundo en los JJOO de Pekín, rezaría por ellos desde el cielo.

También recuerda el escándalo de corrupción de Salt Lake City, la mayor sombra de su mandato, aunque debidamente enfocada hacia la luz y en las antípodas de lo expuesto por la prensa anglosajona. De la crisis emerge un líder impoluto y firme que prometió no titubear a las purgas y aprovechó para airear la institución. Hay incluso colonias y cepillos de dientes de uso personal. Son más de 16.000 objetos, de los que solo pueden exhibirse a un mismo tiempo un millar, que Samaranch ofreció antes de morir a su gran amigo Wu Ching-Kuo, un personaje capital en la historia.

Wu preside la Asociación Internacional de Boxeo y forma parte del COI gracias al empeño de Samaranch. En 1987, en lo más crudo de la tensión en el estrecho de Formosa, convenció a Pekín de que aceptara a un taiwanés. «Cambió mi vida y se lo agradezco. En China decimos que cuando bebes agua, tienes que pensar quién te la da», recordó Wu en la inauguración. Ideó el museo, buscó la financiación (unos 61 millones de euros, llegados en su mayoría de las arcas municipales de Tianjin) y lo dirige. También viajó a Barcelona para envolver los objetos, traerlos a China y mostrarlos tal como lucían.

El museo eleva un culto a la personalidad de raíz soviética. Hay un aroma de desmesura que puede sorprender o incomodar a la sensibilidad occidental. No es fácil recordar un museo parecido en el mundo dedicado a otra personalidad contemporánea. «Lo había visto en planos, pero no es nada comparado con lo que me he encontrado. Estamos con la boca abierta y muy agradecidos por el esfuerzo de China en honrar la grandísima historia de amor que mantuvo con mi padre», comenta a este diario Juan Antonio Samaranch hijo.

El museo está en las afueras de Tianjin, una ciudad a la sombra de Pekín a pesar de sus 12 millones de habitantes. Llegar a él supone un esfuerzo que pondrá a prueba la devoción de los chinos por el dirigente barcelonés. La Fundación Samaranch prevé dotarlo de contenido y estudios relacionados con el olimpismo. Es una estructura de cinco anillos de diferente tamaño, de forma que los dos principales forman un bucle continuo en forma de ocho. La rodea un parque de 80.000 metros cuadrados con 204 círculos que representan a todos los países del COI. En su diseño ha participado la arquitecta Ana Gras, nieta de Samaranch.

Es el primer permiso que Pekín concede para un museo en honor de un extranjero. El abuelo Samalanqi es el español más célebre y querido en China, que le reconoce su empuje a los JJOO de Pekín en el 2008. Aquel acontecimiento selló el ingreso de China en la modernidad después de décadas de doloroso encierro y dos siglos de debilidad que las potencias occidentales aprovecharon para esquilmarla.

Un pueblo agradecido

«Tenía muy buena cabeza, quiso involucrar a todo el mundo en el olimpismo y no podía olvidar al 22% de la población mundial. Ya a finales de los años 70 vio la importancia del deporte en el desarrollo de China», recuerda su hijo.

Los meses previos a los Juegos de Pekín fueron fragorosos: críticas al COI por la elección, mensajes hostiles en la prensa global, obscena persecución de la antorcha en diferentes países y amenazas de boicot político. En ese contexto, Samaranch continuó al lado de China. Responsabilizarle del apogeo global del país asiático sería estirar desmesuradamente el panegírico. Digamos que fue pionero en señalar y entender a China, peleó por sacarla del ostracismo y la defendió frente a la marea de sinofobia. China, un pueblo agradecido como pocos, le ha levantado un templo laico.

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