El Periódico

ÚLTIMA HORA Los bomberos dan por controlado el incendio de Doñana

MARTÍ PERNAU

Lunes, 14 de febrero del 2011

El descenso a tierra del Barça fue brusco, como ocurre siempre que se levita, pero es probable que en un par de meses podamos decir que aquel traspié resultó beneficioso y que las mejores rosas florecieron en terreno pedregoso. El tropiezo de Gijón, más allá de la suma de factores que lo provocó, nos deja un retrato ecográfico del Pep Team más preciso que cualquier crónica elogiosa que hayamos construido. La ecografía muestra un cuerpo sólido y firme, pero también ciertas debilidades que se percibían con sordina y se destaparon en El Molinón. Dado que resulta feo señalar con el dedo, citemos solo que la distancia entre titulares y suplentes ha crecido exponencialmente por más esfuerzos que ha hecho el entrenador para limar ese abismo a base de rotaciones en el mes de enero.

El empate del sábado desnudó deficiencias, confirmó que el lenguaje que usa el equipo todavía no ha sido completamente aprendido por varios de sus nuevos componentes y, por último, certificó alguna decadencia muy previsible. Sin embargo, la ecografía continúa mostrando un cuerpo poderoso, elástico, potente, flexible y veloz. Con esos datos sería necio imaginar otro balance del ya habitual: el Barça sigue como un tiro, por más que el traspié le haya llegado de forma poco esperada. Insisto: posiblemente incluso le haya venido bien olvidar por un día los elogios y sorber el trago amargo del empate. Un paso atrás para tocar tierra y afrontar los verdaderos retos del curso. Porque ahora llega lo fuerte: la Champions y el doble pulso contra el Real Madrid.

El equipo de Mourinho reivindica sus virtudes legionarias tradicionales: no se rinde, por más ensordecedor que sea el rugido del entorno. Anoche tuvo que realizar otro ejercicio de supervivencia, especialidad en la que se siente cómodo, pues maneja con maestría la adversidad y se retroalimenta de la épica. Es un equipo al que no le molesta recibir un directo en el mentón. Al contrario, el golpe le estimula y saca lo mejor de sí, como el gladiador que se crece con el primer borbotón de sangre. Es hermoso que la Liga esté bien viva.

Considera que la gente quiere a los mejores y Bellerín lo es