El Periódico

Análisis

Con 'Fabio' Mourinho el Madrid sigue sin fútbol

MARTÍ PERNAU

Lunes, 31 de enero del 2011

De tanto transitar por el alambre, el funambulista se ha precipitado al vacío. Llevaba varios meses caminando por el borde del precipicio, basando su juego en la adrenalina, echándole más madera a la caldera en un intento de compensar las deficiencias estructurales por todos conocidas.

Pero de tanto vivir al límite, el prestidigitador se ha despeñado. En las ocasiones anteriores siempre llegó el Séptimo de Caballería blanco en forma de paracaídas salvador, hasta que anoche ya no hubo clavo ardiendo al que agarrarse, ni remate milagroso, ni galope tendido de los jinetes desbocados. Por no haber, de hecho no hubo casi nada, salvo la constatación de que todo el folclore mediático era una opereta bufa: no era un nueve lo que hacía falta, sino una idea estable de juego y, si acaso, algún playmaker más que impida que Xabi Alonso esté siempre solo ante el peligro, con fiebre o sin ella, expuesto a todos los riesgos, abandonado a su suerte en el centro del campo. ¡No era el nueve, estúpido!, habría que parafrasear, sino el modelo, el sistema y las ideas.

El Madrid es un formidable catálogo de individualidades al que le falta el pegamento de la cohesión que cuaja en los grandes equipos. El mal no es de hoy: si acaso, hoy es más visible, pero viene de tan atrás que hay que remontarse a las tierras medias de los primeros galácticos para encontrar sus raíces.

Cuando Florentino Pérez empezó a acumular estrellas sin importarle la quiebra de la identidad futbolística, también abrió una etapa que se ha caracterizado por el oropel exterior y la pobreza en el juego. Sus últimas decisiones no cambiaron la deriva. Contrató al que la prensa madrileña considera mejor entrenador del mundo y amplió el catálogo de estrellas, pero olvidó lo esencial: este es un deporte colectivo en el que las ideas son más importantes de lo que desean los fanáticos. Una idea de juego y una plantilla coherente con dicha idea son los cimientos esenciales que el gran constructor continúa sin comprender.

Muchas declaraciones más tarde, el Madrid de Mourinho no mejora al Madrid de Capello. Complacido el entrenador con la llegada de Adebayor, el estilo de juego parece haber retrocedido otro quinquenio: de nuevo los pelotazos de Casillas en busca de la cabeza de un nueve, fórmula obsoleta, menor y caduca, escasamente estimulante en los tiempos actuales. El rotundo apoyo popular del que goza Mourinho no parece resentirse con semejante propuesta, similar a la que provocó el despido de un Capello campeón por «ausencia de excelencia en el juego», según se argumentó entonces.

Los tiempos han cambiado, pero el Madrid sufre una regresión palmaria disimulada solo por el rugido mediático. Sus aficionados más ardientes proclaman las virtudes del método de Mourinho sin importarles hacer tabla rasa con los valores, métodos y virtudes que el club atesoró hasta la llegada del Florentinato. Entregados a la pasión por sus gladiadores adrenalínicos y a la exaltación del verbo testosterónico, no perciben lo esencial: el Madrid sigue huérfano de fútbol.

No le asusta tener que ganarse la titularidad, pero tampoco quiere aburrirse en el banquillo