El Periódico

EXPOSICIÓN

La Fundació Tàpies descubre la fuerza de Anna Maria Maiolino

El museo inaugura la mayor muestra dedicada a la artista brasileña en Europa

GEMMA TRAMULLAS
BARCELONA

Viernes, 15 de octubre del 2010

Anna Maria Maiolino, en la Tàpies, frente a su mapamundi de arcilla.

¿Dónde se puede comprar un caganer? Era la pregunta que lanzaba Anna Maria Maiolino horas antes de que la Fundació Tàpies abriera la exposición que, desde hoy y hasta el 16 de enero, reúne más de 80 obras de esta artista brasileña, la primera gran muestra que se le dedica en Europa a una creadora cuyo trabajo es un referente en la historia del arte contemporáneo. El interés de Maiolino por las cacas, cagarros, mojones o churros que expulsa el organismo forma parte de su reflexión sobre el cuerpo humano, sobre lo que entra y sale y, en el camino, se transforma.

Que el caganer sea un símbolo de la cultura catalana impresionó a la artista -que ignora que aquí caga incluso el tió-, pero no fue el único impacto que se llevó de Barcelona. Durante un paseo por el parque Güell,

aseguró haberse apropiado de las formas de Gaudí, en el sentido de que las había hecho suyas, que ya forman parte de su bagaje artístico y que, una vez digeridas, volverán a salir pasadas por su propio túrmix. «Soy voraz y lo absorbo todo -explicó-. La cultura está hecha de alimentarse, digerir y defecar».

Lo que fue literalmente una mierda en la vida de Maiolino fue la infancia. Nacida en Calabria (Italia) en 1942, era la pequeña de diez hermanos y sus padres solían olvidársela en la cuna cuando un bombardeo les hacía huir despavoridos hacia el refugio. Esta sensación de abandono la convirtió en una joven permanentemente angustiada. Solo a través del arte superó aquel desasosiego. A los 18 años y recién llegada a Brasil, su obra impactó: «Para elogiarme decían que era tan fuerte que parecía el trabajo de un hombre -recuerda-. Aquello me enfurecía».

6.000 KILOS DE ARCILLA / Al entrar en la Tàpies, hay una mesa con hileras de churros y bolas hechas con arcilla. El trabajo cotidiano y el ritual repetitivo, como el de la madre que amasa pan para la prole, son una de las obsesiones de la artista, que para esta exposición ha creado un mapamundi de arcilla, una pieza que se secará, cambiará de color, se convertirá en polvo y desaparecerá. En total, habrá utilizado 6.000 kilos de arcilla.

Maiolino descubrió la arcilla en los 90, pero la muestra abarca 50 años de producción y reúne desde sus primeros relieves y xilografías hasta una reciente instalación de sonido. A medida que ella se construye como persona, construye también su lenguaje artístico: cose, amasa, modela, rasga, pinta, dibuja, canta y camina tratando de no pisar huevos (como en la pieza Entrevidas). Su trabajo es una reacción a la violencia que nos rodea: «La contaminación en Hungría es como el ataque de un kamikaze. La violencia está más cerca de lo que creemos, pero los artistas estamos a favor de la vida, de la continuidad y del respeto al otro».

No le asusta tener que ganarse la titularidad, pero tampoco quiere aburrirse en el banquillo