La primera buena noticia que ayer dio la Mostra de Venecia es que la serie española de animación Pocoyó fue premiada por el Ministerio de Cultura italiano. De repente, todo cobra sentido para muchos padres. La segunda, mejor si cabe, es que la jornada competitiva ofreció dos obras maestras. Una, el wéstern Meek's Cutoff; otra, la devastadora historia de amor llamada Post mortem.
Michelle Williams, ayer a su llegada a la alfombra roja de la Mostra, en el Lido veneciano. REUTERS / TONY GENTILE
Información publicada en la página 42 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 06 de septiembre de 2010 VER ARCHIVO (.PDF)
La respuesta fácil para quienes digan eso de que en Meek's Cutoff no pasa nada -no han faltado en la Mostra— es que, como ya demostró en Old Joy (2006) y Wendy & Lucy (2008) -es un pecado que no hayan visto la luz en España-, la directora Kelly Reichardt es una astuta cronista precisamente de lo que pasa cuando nada pasa. «Quise demostrar que la quietud puede funcionar de manera dramática», explicó ayer ante la prensa. La respuesta difícil, por grosera, es que hay que ser obtuso para no ver todo lo que sucede durante la callada epopeya que un trío de familias a través de las montañas de Oregón sufre para empezar una nueva vida en el Oeste.
Si Old Joy -que no solo hablaba de dos amigos que se van de acampada sino que capturaba los miedos y ansiedades de toda una generación- y Wendy & Lucy -que no era la historia de una chica y su perro sino una elegía por los desposeídos de América- pueden considerarse obras maestras de bolsillo, Reichardt expande el foco en esta obra asombrosa, apabullante, que halla su significancia moral y dramática en las pequeñas interacciones humanas y en sonidos como el de un cacharro mientras es lavado en el lago o el de las ruedas de un carromato que crujen al avanzar por la tierra seca.
Respaldada por la inmensa interpretación de Michelle Williams, Reichardt dota esos detalles de una relevancia filosófica y existencial que la emparenta con la literatura de Steinbeck, y de una majestuosa belleza que evoca a Terrence Malick. Cuando se supo que Malick no iba a traer a la Mostra su nueva película, Tree of life, muchos se sintieron frustrados. Reichardt los ha compensado con creces. Merece recompensa.
A menos que Tarantino y los suyos estén a por uvas, tampoco se irá de vacío Post mortem, historia de amor demente, perturbadora y bruta como ella sola, en la que el chileno Pablo Larraín vuelve a fijar su mirada en el golpe de estado de 1973. «Es una materia que me interesa porque no logro comprender. No está resuelta desde mi perspectiva y esa no resolución me hace ir a ese lugar», explicó ayer el director, que nació en 1976 y por tanto no vivió el ascenso al poder de Pinochet.
ESCALOFRÍOS / Ahora recrea el golpe de Estado desde la perspectiva de un tipo enfermizamente introspectivo, ayudante del hospital forense militar de Santiago de Chile obsesionado por su vecina, una cabaretera. Sin dibujar simplonas relaciones causa-efecto, Larraín pone en paralelo la destrucción psicológica de ese hombre con la aniquilación del alma de toda una nación. Oímos el sonido de los disparos, de los cristales rotos, de los gritos. Vemos los cadáveres de los ciudadanos chilenos que se apilan en los pasillos de la morgue. Imposible no sentir escalofríos mientras un médico examina con frialdad el cráneo de Salvador Allende destrozado por una bala ante la fría mirada de los verdugos. Larraín nos zambulle impasible en lo más profundo del horror. Imposible no apartar la mirada hacia algo más amable: Pocoyó fue premiada en la Mostra.
22/05/2012 Sociedad
23/05/2012 Sociedad