RELATOS

Si Kafka hubiese llegado a viejo

Los cuentos de Leonard Michaels, por primera vez en castellano, descubren una voz única

Miércoles, 30 de junio - 00:00h.

Empezaré con una suposición arriesgada y extravagante: si Franz Kafka hubiera sobrevivido a la tuberculosis y luego al nazismo, si hubiera llegado a América como su joven Karl Rossmann, en su vejez habría escrito cuentos parecidos a los de Leonard Michaels (Nueva York, 1933 - Berkeley, California, 2003). O quizá simplemente habría celebrado como un lector más los cuentos de Leonard Michaels. Ya he dicho que corría el riesgo de formular un disparate, pero me divierte imaginar que ese humor corrosivo y teñido de desgracia de los cuentos de Kafka en Europa, tantos años después habría emergido en Estados Unidos como una pesadilla hormonal y familiar. Cuentos nacidos del contraste entre la herencia judía y el festival de excesos que trajeron los años 60 en Nueva York.

La edición de Los cuentos de Michaels, publicados por primera vez en castellano, nos permite recorrer en todo su esplendor un autor que no llegó al gran público

–hizo pocas concesiones–, pero que representa una voz única y muy respetada. Basta leer su primer libro, De aquí para allá (1969), para entender que su impulso literario es atrevido. Son cuentos que parecen escritos en un estado de alerta. Al recordarlos, uno revive el movimiento nervioso de alguien, como en esos cuadros de Francis Bacon que quieren capturar cien instantes dislocados en uno solo. «Éramos una ráfaga de cabellos y garras», dice un narrador para describir a dos amantes en pleno arrebato. Muchas de estas historias retratan un mundo de jóvenes, de relaciones ocasionales, que sorprenden por la procacidad sexual y un lenguaje directo que a veces tiende a la abstracción. Espléndido, por ejemplo, es el cuento Haciendo cambios, que incluye una teoría social de la orgía.

El humor y el autoodio son también señas de identidad en los cuentos de su segundo libro. Los habría salvado si hubiera podido (1975) marca un avance en la experimentación y su fondo psicológico se vuelve más amargo y más violento. La vida en pareja se pone en cuestión. Algunas de las historias introducen análisis literarios, juegos con Lord Byron y Jorge Luis Borges.

El pasado judío de Michaels, cuyos padres emigraron desde Polonia, emerge aquí y allá en pasajes que recuerdan a los hermanos Coen de Un hombre serio: ese conflicto latente con el deber de ser uno mismo. Uno de los textos, Depresivos, está formado por cuentos breves, escenas y diálogos que introducen dilemas morales. Es el mismo tono que se encuentra en los fragmentos de Miscelánea (1990), extraordinario conjunto, donde los textos ya no tienen título y parecen anotaciones de dietario que tienden a buscar la ficción que hay en la vida, o al revés.

Los cuentos que siguen en el volumen, escritos ya a finales de los 90, suponen una pacificación de la voluntad literaria. La madurez creativa de Michaels coincide en un estilo más claro y las tramas parecen un destilado de memorias personales y conflictos largamente interiorizados. Luna de miel, por ejemplo, merece estar en todas las antologías.

UPDIKE Y ROTH / Esta evolución se concreta, por fin, en la serie de cuentos que Michaels escribía en el momento de su muerte. Son relatos protagonizados por un matemático judío llamado Nachman, tímido y retraído, espectador ideal de la vida, y recuerdan en su formulación al escritor Bech de John Updike o al Zuckerman de Philip Roth. Esta es la tradición de Leonard Michaels y sus cuentos le sitúan en lo más alto.

3 LOS CUENTOS

Leonard Michaels

Trad.: Aurora Echevarría

Lumen. 576 páginas. 27,90 €