Escuchando a Marilina todo parece desvanecerse. Nada es importante frente a un pedazo de la vida de esta mujer que habla despacio y mira a los ojos. «Un coche que iba muy rápido se saltó la mediana y chocó frontalmente contra nosostros. Mi marido Juanjo, mi hija Sandra y mis suegros murieron». Ella se salvó. Y con el tiempo sanó sus heridas físicas y fue capaz de compartir su historia con quien quiera escucharla y ponerse en su lugar. «No me hartaré de decir que los accidentes no son cifras, son personas. Los jóvenes deben ser conscientes de que pequeños gestos, como llamar a casa para que te vengan a buscar o coger el transporte público, te pueden salvar la vida», sostiene.
Experiencia 8 El equipo de voluntarios que ayer aportaron su testimonio en el CaixaForum. JOAN CORTADELLAS
Información publicada en la página 31 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 12 de abril de 2011 VER ARCHIVO (.PDF)
El auditorio de CaixaForum pasa de la euforia a la pesadumbre en minutos. Un centenar de jóvenes de entre 15 y 20 años participan en el Road Show, patrocinado por la Fundació Mutual de Conductors, sin saber de qué va esto que suena a fiesta de fin de curso. Les recibe un pinchadiscos y la sala se convierte en una disco matinal. Aplausos, silbidos, gritos..., lo propio de un adolescente cuando le bajan las luces y le ponen música para no dormir.
El de los platos dice que les invita a salir de fiesta con un amigo que se acaba de sacar el carnet. «Nos emborracharemos y volveremos a casa en coche», adelanta. Un profesor les anima a dar palmas para que el bajón que está por llegar sea aún más inclemente. El chico se va y la sala queda en silencio. En la pantalla se proyectan tres minutos de accidentes brutales, sangre por doquier, llantos, fuego, vehículos volcados, muertos...
Agarrados a la silla
El montaje audiovisual no deja indiferente a nadie. Queda algún valiente, pero la mayoría están agarrados a una silla que parece estar dentro de esos coches en llamas. No les gusta, están incómodos; algo difícil de conseguir en una edad en la que han visto de todo y recibir lecciones moralizantes no entra dentro de las cosas que apetecen.
Este no es el típico ejercicio sobre lo que se debe o no se debe hacer con el alcohol, las drogas y la conducción. Por eso los invitados aportan dramas reales, no dogmas, ni consejos, ni regañinas. El guardia urbano Jordi dice que lo más duro es «entregar una bolsa de basura a la familia con las pertenencias del fallecido», y el bombero Xavier recuerda el día en que tuvo que notificar la muerte de un joven a su padre. «Resultó ser un chico que jugaba al fútbol con mi hijo y que había salido a celebrar su fichaje por el Sant Andreu», cuenta.
Ingrid y Ricard, trabajadores del SEM, se presentan como «los invitados que uno espera no encontrarse nunca en una noche de fiesta». Muestran una manta térmica y el auditorio traga saliva. «Que esta no sea la última prenda que os ponéis», suelta Ricard con toda la intención del mundo. El respetable se queda mudo ante este golpe de efecto que ya ha dejado sin palabras a 8.000 niños de toda Catalunya, todos ellos víctimas de la trampa del Road Show que seguirá removiendo conciencias mientras haya colegios que quieran sumarse al proyecto.
Transporte público
Después del acto se forman varios corrillos. Pocos admiten que han llorado, pero sus ojos dicen otra cosa. José y Manuel, de 20 y 16 años, se han quedado «muy impresionados con la chica de la silla de ruedas», Mireia, una joven que hace cuatro años sufrió un accidente de moto que le partió dos vértebras. David (15 años) dice que han tratado el tema en clase, pero verlo así tan de cerca y tan realista, te deja «un poco hecho polvo». Joan (17) promete que cogerá el bus o el tren por la noche. Podrá hacerlo si algún burócrata no decide antes que el transporte público nocturno de los fines de semana es un lujo tan lleno de peligros como prescindible.
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