DIRECTO Rueda de prensa del portavoz del Ejecutivo catalán, Francesc Homs, sobre la reunión del Govern
Joan Barril
Periodista
En el tercer capítulo del libro del Eclesiastés se habla de que hay un tiempo para todo. La Biblia recoge que hay un tiempo para sembrar y otro para recolectar, un tiempo para matar y otro para curar, un tiempo para la guerra y otro para la paz. Así, con ese tipo de preceptos contradictorios, el autor del Eclesiastés consigue dar tranquilidad y justificación al lector. Poco podía aventurar el autor de esta pieza antiquísima que algún día habría también un tiempo para la protesta, la ira o la conformidad. El Primero de Mayo lo fue.
Información publicada en la página 42 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 03 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Para los manifestantes se trataba de una demostración litúrgica contra el gobierno que quiere cargárselo todo. Para los viajeros del fin de semana, era una ocasión de afirmación de la catalanidad. Salí a la calle a buscar las banderas y las pancartas, que son en el fondo, las armas del diálogo aun cuando el diálogo no exista. En un café de la plaza de de Urquinaona, unos amigos hablaban del Barça y de lo mal que se lo estaban pasando algunos de sus parientes caídos bajo la guadaña de un ERE. El más joven decía: « Están acabando con todo aquello por lo que lucharon nuestros padres y nuestros abuelos». Y otro joven airado apostillaba: «Ellos nos han llevado hasta el desastre, pues que lo solucionen ellos». En toda protesta siempre hay un ellos y un nosotros. Las clases ya no luchan, simplemente se ignoran mutuamente.
Sigo caminando en el sentido opuesto a la marcha de los manifestantes. Ya en la calma del Eixample me entretengo en compañía de un delicioso platillo de aceitunas. Se trata de la comunión de los domingos. Junto a mí unos hombres maduros cuentan con alborozo su gran aventura en la autopista. Son de los que han llegado a la barrera y han dicho que no querían pagar. Esa historia del peaje insatisfecho no ha hecho más que comenzar. También en 1951, por una subida de tarifas del tranvía barcelonés que iba a ser 50 céntimos más caro que el de Madrid, se hizo una huelga de usuarios. Hoy el peaje se ha convertido en una bandera nacionalista. No es el ahorro lo que importa sino la plasmación de la injusticia. Mientras por Via Laietana marchan aquellos que ven cómo sus vidas se están poniendo difíciles, en la mesocracia del Eixample lo importante por lo visto no es el miedo al paro sino la afirmación de país.
Pero hay un tiempo para protestar y un tiempo para hacer ver que no vemos. Entro en el magnífico restaurante de la zona alta Via Veneto. El local está lleno y las conversaciones no tienen nada que ver ni con los ERE ni con los peajes. Un hombre intenta explicarle a su yerno, sin duda un extranjero, qué sucedió en la guerra civil y en la posguerra. El hombre habla de rojos y de comunistas cuando ya lo único que queda por las calles son gente que empieza a desesperarse. Se escucha también la conversación femenina de una boda inminente. La paz burguesa demuestra una tranquilidad confortable. El dinero existe, pero no se trata de hacer grandes inversiones sino de gastarlo con discreción.
El Primero de Mayo ya no es el día en el que la fiera feroz del pueblo se dedicaba a quemar fábricas e iglesias. Se trata de un día en el que la brecha entre los ciudadanos va ensanchándose. La austeridad de Merkel no tiene nada que ver con las burbujas del champán. Pienso en el joven que acudía con su bandera a salvar todo lo que sus padres y sus abuelos consiguieron. Sin duda hay un tiempo para resistir y un tiempo para oprimir, un tiempo para el pesimismo y otro para el cinismo. H