Hacía 20 años que no pisaba una cocina. Una cocina de restaurante, se entiende, pero al recibir la oferta no se lo pensó dos veces. Ni media. «Si ellos apostaban por mí, yo también», afirma Imma Gaya con una sonrisa serena, casi contagiosa. Serenidad es, justamente, lo que el trabajo de cocinera en un pequeño bar restaurante de su barrio, Horta, que logró el viernes hará un mes, ha dado a su familia. «Mi hijo es una esponja. Lo absorbe todo. Ahora ve que estoy bien y eso le hace estar bien. No se trata solo de tener un trabajo. Eso lo ha cambiado todo. El ambiente en casa es mucho mejor», se sincera la mujer, todavía con el uniforme.
Nuevo oficio 8 Imma Gaya, en la cocina del restaurante en el que trabaja desde hace unas semanas. JULIO CARBÓ
Información publicada en la página 32 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 16 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Imma protagonizó hace justo un mes un reportaje en EL PERIÓDICO sobre la pobreza infantil. Su historia y la de su hijo Ricard, que acaba de empezar primero de ESO, ponían rostro a una estadística alarmante que anunciaba que el 25% de los niños catalanes vive bajo el umbral de la pobreza. Tras aparecer en el artículo, la pareja que regenta el restaurante en el que ahora trabaja, en su mismo barrio, pensó que podría encajar en el negocio. Llamaron a la redacción del diario para pedir sus datos, se pusieron en contacto con ella y, el mismo día en que recibió la llamada, Imma se plantó en el bar para que la conocieran.
«Tenía claro que si me ofrecían 1.100 euros, que es lo que necesito para vivir -lo que necesito, no lo que me gustaría cobrar, claro- lo aceptaría. Apenas tenía experiencia en eso de cocinar para otros, para los míos, sí, y mucha, pero estaba convencida de que podía hacerlo. Siempre he pensado que si hay otras personas que pueden hacer algo, yo también puedo. Todo es cuestión de voluntad», relata. Llegó y le explicaron lo que buscaban: una cocinera para hacer un menú y tapas, de lunes a sábado, de ocho a cuatro, por 1.100 euros. Prácticamente lo que Imma necesitaba: un trabajo en el barrio, con un buen horario para poder estar con su hijo y con un sueldo «más que razonable». «He tenido muchísima suerte. Estas cosas no pasan. Esto no es lo normal. Yo siempre digo que para encontrar un trabajo hay que llamar a muchas puertas, que no viene a casa, y mira, esta vez, a mí me ha venido», cuenta.
En los últimos años, Imma había trabajado de auxiliar de enfermera, haciendo sustituciones. Pero, con los recortes, cada vez tenía menos trabajo. El contrato de verano que tenía se le acababa el 18 de septiembre y la cosa pintaba mal. Pero la suerte cambió para Imma. «Acabé el contrato en el hospital el 18 y el 20 empecé aquí. Además, no solo estoy trabajando y asegurándome un sueldo para sacar adelante a mi familia, me están formando y estoy aprendiendo. Y, casi lo que es más importante, me siento valorada. Formo parte del proyecto. Me preguntan mi opinión y me piden que aporte ideas. Me siento realizada», relata la madre de familia.
Cinco bocas
Las cosas nunca le han sido fáciles. Ha criado sola a su hijo y ha tenido que superar situaciones difíciles. Ahora vive junto a su hijo, su pareja, su sobrina y la hija de esta. «Son cinco bocas, con lo que, con 1.100 euros vamos justos, claro, pero tiramos. Además ahora mi sobrina también aporta en casa», explica optimista. Confía en que la apuesta que los dueños del bar -que prefieren no aparecer en el diario-han hecho por ella «funcione». Que funcione el negocio, y, con él, su puesto. «Es un negocio que empieza casi de cero y el momento es malo. Pero tienen un proyecto muy interesante, no es solo un bar, y confío en que les vaya bien. Se lo merecen ellos, como personas, y lo merece el local», sentencia.