Un conductor uniformado con traje da pistas de que el tour turístico que se cuece (valga la redundancia) no es uno más en la Barcelona de los 7,5 millones de viajeros. La estética del bus ya anuncia cierto glamur, negro y acristalado hasta el techo. Pero el fet diferencial es la lustrosa cocina a bordo, bien visible en el primer piso del autocar, que rompe cualquier molde en periplos turísticos urbanos. Barcelona se ha inventado un Gourmet Bus, que acaba de echar a rodar, y ya despierta la curiosidad de otras grandes ciudades dispuestas a contar con su propio bateau mouche con ruedas. EL PERIÓDICO se vistió de turista anoche para descubrirlo.
Información publicada en la página 309 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 31 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Como buses turísticos hay muchos, no es de extrañar que los pasajeros se aposenten en sus butacas hipertecnológicas (con audio y vídeo propio vía Ipad), y consulten el menú de Carles Gaig (una estrella Michelin) antes que la ruta monumental. Los que persiguen el asunto estomacal más que el panorámico, parecen satisfechos con la promesa de tres entrantes (mini) fríos y tres calientes, y un principal, también en dosis de degustación, más postres y vino o cava. Pero habrá que esperar, porque para la cena faltan casi dos horas.
Comienza el tour con sabor, primer turno (17.30 horas) y Barcelona se exhibe, bella y con el tráfico apaciguado de final de julio, a la vista de la veintena de viajeros. La mayoría son turoperadores, agentes que deberán vender la experiencia y especialistas en viajes de incentivos, uno de los grandes filones del negocio, de 34 plazas, resume Ignacio Casanova, director general de Julià Travel. La empresa es madre del invento, con Turismo de Barcelona.
Las cabezas pensantes del Gourmet Bus han vivido dos años de embarazo -y medio millón de euros- antes de darle forma. «No era fácil pensar un diseño (carrocería especial de Ayats, interiorismo de Josep Cortina) que recordase un restaurante, y un menú que pudiese servirse en una hora, con agilidad y sin necesidad de cuchillo», cuenta Casanova. También costó tener licencia para ese megabús, cuya planta baja se encogió para que arriba haya 1,92 metros de altura y vistas a las estrellas, ascensor subeplatos (ayer vivió algún problemilla técnico) y lavabo.
Visita de manual
Turismo de Barcelona dirige el asunto turístico. O sea que la ruta es de manual: ronda Universitat, paseo de Gràcia, Casa Batlló, la Pedrera, la casa Terrades (de Les Punxes), Diagonal-Eixample, Sagrada Família, Torre Agbar, Meridiana, Ciutadella, Arc de Triomf, Born, estación de França, Vila Olímpica, playas, Barceloneta, Port Vell... Desde los auriculares, una voz convence al pasajero de que Barcelona lo tiene todo: «nivel de satisfacción garantizado». E ilustra sucintamente sobre su historia. Quien quiere profundizar, tira de Ipad para conocer a los padres de las joyas modernistas, saber que la Diagonal mide 11 kilómetros y que la Meridiana es la tercera vía de la ciudad. Y entonces... habla de gastronomía. Del prodigioso aceite de oliva patrio, los cavas catalanes, la escudella y así hasta poner los carrillos en solfa.
Se hace entonces la única parada en Montjuïc, en los jardines de Miramar, y de la nada surge una furgoneta de la empresa con los platillos Gaig, imposibles de preparar sobre ruedas. En la cocina del bus, se aderezan, calientan y demás parafernalia. En un plis, tres camareras convierten las mesas tecno en mesas de restaurante. Aparecen el célebre microcanelón, la sopita de tomate con gamba, la pintada deshuesada..., todo con look de chef estrellado y buena y dosificada bodega. La intención es tentar sobre todo al turista internacional, con el ruso pudiente como exponente, pero también al viajero nacional.
¿La digestión? Rápida, con vistas a Colón, la Catedral y el centro. A punto para conocer, o no, la otra Barcelona.
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