Amarillo Slim (el personaje viene al caso porque en Barcelona acaba de celebrarse un prestigioso torneo internacional de póquer) explicó en su día cuál era su estrategia a la hora de apostar en una mesa cuando tenía una buena mano. Nada de apabullar. Paciencia. Él, un campeón, lo resumió en una frase que resulta muy apropiada para ese idilio que Barcelona mantiene con el negocio del turismo: «Se puede esquilar una oveja toda la vida, pero despellejarla, solo una vez». Las cifras lo avalan. Durante el primer semestre del año, por ejemplo, las pernoctaciones crecieron el 2,26%. Eso, unido a que muchos barceloneses han decidido este año no viajar, le ha sentado la mar de bien las dos principales atracciones turísticas propiedad del Ayuntamiento de Barcelona, el Tibidabo y el Zoo. La primera resurge. La segunda está que se sale. El parque de atracciones se repone del accidente mortal del 2010 y remonta en número de entradas.
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