En tiempos difíciles la huelga debió ser un arma cargada de futuro. Pero en tiempos dificilísimos las huelgas se diluyen por el miedo a una patronal que no las tiene todas consigo y unas leyes de reforma laboral que siempre reforman a la baja. Huelgas contra el patrono ya no se llevan. Ahora lo único que se lleva son las huelgas de servicios públicos, aquellas huelgas que afectan a muchas personas. Se trata de hacer una bonita carambola: golpeamos a los ciudadanos y estos ya se quejarán a los poderes públicos. O lo que es lo mismo: le dan una patada a los administradores en nuestro propio culo. Es evidente que nada de lo que está ocurriendo en el fondo de estas huelgas es arbitrario. A nadie le gusta que le esquilmen la paga de Navidad, por ejemplo. Hay motivos para la protesta, pero también los usuarios tienen motivos para protestar por la protesta. Más aún cuando las huelgas de transporte público no dependen del número de huelguistas ni siquiera de los servicios mínimos. El más difícil todavía de una huelga de transporte es cuando a la impaciencia de los viajeros se le añade la lluvia. Y ayer llovió.
Información publicada en la página 38 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 01 de noviembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Pero para inmovilizar una ciudad no basta con la lluvia. Barcelona ayer por la mañana no se vio afectada por el Sandy. La lluvia era constante y suave, romántica si se quiere, incómoda pero suficiente para alterar el ánimo. Como gaviotas que anuncian a los marineros la llegada de la tierra también grupos de orientales se apostaban al borde de las escaleras del metro para ofrecer la mercancía más valiosa: un simple paraguas a cinco euros. Y el viajero frustrado y mojado decide que un día es un día y que algún taxi le llevará a su destino. Pero la mañana de la gran inmovilidad también un sector del taxi estaba en contra de la política de turnos que había dictado la Administración. Huelga, pues, de una parte de la flota. Y el resto de taxistas, ante la eventualidad de ser víctimas de sus propios compañeros, decidieron evitar el madrugón a la espera que las cosas se normalizaran. «Yo he cerrado la radio. Y ni que me pidan un servicio A, que es el aeropuerto, no voy a ir hasta mediodía». En este tipo de huelgas de superficie el tráfico suele ser una maravilla. Pero la lluvia hace crecer los coches y llena de atascos las avenidas. Es más fluida el agua que las caravanas.
A la una del mediodía las calles han vuelto a ser de sus dueños con la luz encendida sobre la capota. Me subo a un taxi y no hace falta preguntar nada, porque el taxista es de natural cronista de todo lo que sucede en la ciudad. Naturalmente todo aquello que el taxista diga en uno de estos días convulsos ha de ir encabezado por la fórmula «¡No hay derecho!» Y probablemente los taxistas lleven razón, pero en el exterior de los cristales la mañana está jaspeada por demasiadas gotas.
Taxistas autodidactas
A los taxistas les pasa como a los bares: siempre son víctimas de una administración desconfiada. En Madrid quieren prohibir que un taxista con sida pueda conducir. También se les va a exigir un certificado de ESO, con lo que desaparecerán los taxistas autodidactas y los típicos paquistanís, esa gente que en vez de decir lo que saben se desviven por aprender.
Al mediodía sale un sol indeciso y el asfalto va llenándose de manchas amarillas, Sólo en las galerías subterráneas los viajeros se dan cuenta de que no siempre los raíles son líneas paralelas que llevan al infinito.