Catalina Gayà
Periodista
El cartel lo deja claro: la silla está reservada para los sabios y sabias de la ciudad. Los sabios son los ancianos y las sillas son una decena de asientos que unos comerciantes del Gòtic han sacado a la calle. Fue Teresa Caja, presidenta de la asociación de vecinos y comerciantes de Avinyó, la impulsora de la iniciativa. Teresa explica que, el mismo día que se descubrió el monumento a los castellers que hay en la plaza de Sant Miquel, desaparecieron los bancos, y los ancianos del barrio se quedaron sin mañanas de sol ni lugar de reunión.
Información publicada en la página 38 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 30 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Fue entonces cuando, animados por Caja, varios comerciantes sacaron una silla frente a sus comercios. Ahora hay 10 sillas repartidas entre las calles de Avinyó, de Palau, de la Comtessa de Sobradiel, de N'Arai y de la Llibreteria. El sábado por la mañana, Dolors Obiols subía por la cuesta de la calle de la calle de la Comtessa de Sobradiel ayudada por un bastón.
Andaba cabizbaja, por eso de no toparse con alguna baldosa traicionera. Hace un año, se cayó en la calle de Escudellers y el golpe le dejó el rostro morado. Dolors veía a Teresa y lo primero que le decía era: «No nos devolverán los bancos, nena». Dolors nació en el barrio del Call hace 84 años. Profesión, sus labores, dice, aunque luego salgan mil y un dobladillos que hiciera para una tienda de costura. El día que se llevaron esos bancos tuvo un disgusto. El sábado, se acomodaba en la silla que le ofrecía Teresa y aclaraba que la escultura «no le molesta», pero que deberían regresar los bancos.
Esta cronista la escuchaba, y se percataba de que el robo de esos bancos -algo que a cualquier burócrata le podría parecer una nimiedad- es toda una pérdida para gente como Dolors. Es en un banco es donde sucede la historia comunitaria de una ciudad: ahí se cuentan fatigas, alegrías y miedos. La anciana, por supuesto, no hablaba como víctima de nada. Los años alzan la voz a algunos, que se convierten en sabios y sabias, y Dolors es uno de esas sabias.
Decía que cuando se cayó en la calle de Escudellers, un guardia le sugirió que se habría tropezado con el bordillo. «¡No hay aceras en Escudellers!», exclamaba. Quizá fuera el cinismo de ese guardia lo que hizo que se indignara y, desde entonces, no ha callado. Aún con la cara morada, y bastón en mano, se fue al ayuntemiento con la firme intención de mostrar su enfado. Meses antes, decía el sábado, el alcaldable Xavier Trias la había animado a ir si necesitaba algo: «Hasta me dio una tarjeta, pero, una vez alcalde, ya no me recibió». Una funcionara del consistorio le dio una instancia para que redactara qué le pasaba. Dolors salió del ayuntamiento y, en la mismísima puerta, decidió que esas no eran maneras. Entró, de nuevo, e hizo salir a alguien que la atendiera. La escucharon, decía a esta cronista, porque el problema se arregló. «Ahora solo falta que nos regresen los bancos», decía y se levantaba.
Esta cronista se dirigía a la plaza de Sant Miquel. Los únicos bancos que hay son los que rodean el parque. Falta la enxaneta en el monumento a los castellers.