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El cesto de tomates estaba en la entrada de la verdulería y el hombre escogía los maduros. Lo hacía con la parsimonia del comprador cocinero. Yo iba detrás de él en el turno y, supongo que por eso, me fijé en la meticulosidad con la que elegía cada pieza. Cuando tuvo la bolsa llena, se fue. La dependienta tardó unos segundos en reaccionar. Esta escena sucedió en julio y, desde entonces, es habitual ver señales, en supermercados y tiendas, de que el robo hormiga -el que supone sustraer un día una lata, al día siguiente un paquete de arroz y al tercero, una botella de aceite- ya es habitual en Barcelona. Hay candados, pantallas de metacrilato, alarmas, más cámaras y hasta personal de seguridad en las puertas.
Información publicada en la página 38 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 28 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Ayer en una tienda, en la estantería de champús y desodorantes, toda la parte de arriba de los desodorantes (no solo el tapón) no estaba. Una clienta preguntaba si los habían robado y la encargada aclaraba que los quitan las trabajadoras para que no se lleven las botellas. La clienta lo preguntaba mientras yo conversaba con la encargada para hablar de micro-robos. La empleada pedía anonimato. A las marcas no les gusta empañar su imagen. «Hace años que roban botellas de alcohol, champús y desodorantes. Ahora con la crisis también, comida». ¿Son clientes habituales? «Algunos» ¿Lo denuncian? «Ahora ya sí, porque cuando se hace el control de ganancias nunca llegamos al mínimo y no nos promocionan». ¿La crisis? «Los que se llevan comida, sí. Los que roban desodorantes y alcohol es para revenderlos».
La mujer explicaba que el miércoles un hombre salió del establecimiento con cuatro bandejas de carne bajo el brazo. Le gritaron; no se giró. En un colmado del centro (también piden anonimato), una de las empleadas reconocía que, desde hace una temporada, han optado por llamar a la policía: «Se llevan alcohol y champú, aunque ahora ya hay gente que roba aceite o arroz».
Esta semana The New York Times publicaba un reportaje fotográfico de Samuel Aranda en el que se retrataba una España «hambrienta». La palabra hambre aquí aún da mucho miedo; paraliza.
El día que el periódico estadounidense publicaba esas imágenes, en la calle de Aribau, veía a un hombre que buscaba comida en un contenedor. Uno más. El hombre se había quedado sin trabajo, tendría unos 50 años y, en esta sociedad tecnológica, la experiencia ya no es un valor. Cargaba una bolsa de tela, de las que apelan a la conciencia ecológica.
Hace muy pocos años, formaba parte de una clase media que, tras cuatro años de crisis social, se enfrenta a una ausencia absoluta de dinero si falla la familia. En Navidad, escribí una crónica sobre ancianos que cogen comida de las papeleras en el centro de Barcelona.
El año pasado, en un pueblo del interior de Catalunya, conocí a varias mujeres que antes se ganaban holgadamente la vida y que en ese momento se planteaban dedicarse al sexo de pago para pagar los libros de la escuela, la compra de la semana, la hipoteca. Una, decía, había visitado varios prostíbulos en Barcelona. Explicaba que los encargados de los burdeles le habían dicho que llegaban muchísimas chicas de los pueblos pidiendo trabajo. La palabra hambre da miedo. Reconocer que existe estremece. H