El Periódico

Un río rojo de vino tinto

Con la novela 'Rubricatus', en alusión al color del Llobregat, Isabel García Trócoli llena el vacío sobre la fundación de la Barcino romana

Un río rojo de vino tinto

ALBERT BERTRAN

La historiadora Isabel García Trócoli, autora de Rubricatus, el martes, en la vía sepulcral romana de la plaza de la Vila de Madrid.

OLGA MERINO / BARCELONA

Viernes, 14 de abril del 2017 - 16:16 CEST

Cuando llueve fuerte sobre Martorell, las aguas del Llobregat se tiñen de un tono marrón sanguina debido a las arcillas que conforman su lecho; de ahí que los primeros romanos lo bautizaran como Rubricatus, que significa rojo. Pues bien, ese mismo topónimo es el que ha escogido Isabel García Trócoli para titular su ópera prima, que constituye, además, la primera novela en explorar la fundación de la Barcelona romana, allá por el año 13 antes de Cristo. La prometedora Barcino, la ciudad del río rojo y del vino tinto que mojaba el gaznate de las centurias imperiales.

        Por la porrada de películas devoradas en Semana Santa desde el inicio de los tiempos, de Quo Vadis? a Ben–Hur, el receso de estos días se antoja ideal para conversar sobre romanos con una experta. La autora de Rubricatus (Edhasa), una novela de 600 páginas que se lee como un vaso de limonada fresca, es licenciada en Historia Antigua y Arqueología por la UB y desde bien jovencita ha trabajado en las excavaciones arqueológicas de la ciudad, incluida la que se extendió a lo largo de seis meses cuando se construyó el aparcamiento de la catedral y, cómo no, aparecieron ruinas. Hoy, Isabel García Trócoli colabora como guía en el Museu d’Història (Muhba).

La autora ya fantaseaba con algún personaje en el Hostafrancs de su infancia

Escucharla es un placer no solo por la puntillosidad con el dato histórico, sino sobre todo por el vínculo entre conceptos y esa observación de la vida pequeña, la de aquellos layetanos, los nuestros, los pobladores íberos de Barkeno, quienes debieron de contemplar, con la mano en visera, cómo arribaban a sus playas los navíos del imperio. Una costa que se metía entonces tres kilómetros tierra adentro: el delta del Llobregat no existía.

¿Cómo serían aquellos bárbaros layetanos? Físicamente, solo caben conjeturas puesto que incineraban a sus muertos, pero a buen seguro que escuchaban el bramido de los ciervos en Collserola y es muy probable, explica la autora, que les repugnara la costumbre romana de hacer la colada con orines y ceniza.

VOCACIÓN LITERARIA

Charlando nos llegamos hasta la vía sepulcral romana, en la plaza de la Vila de Madrid, donde yacen los restos de Fabia Tertula, un ama de cría que aparece en las páginas de Rubricatus, una narración que se articula en torno a dos sagas familiares, una romana y otra layetana. Al lado de la necrópolis romana se ubica, por cierto, la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonès, donde Isabel cursó el ciclo de narrativa; los conocimientos los llevaba de sobras, también la vocación literaria, pero le faltaba la técnica necesaria para enamorar al lector.

Como escritora de novela histórica le interesan sobre todo los periodos de transición, las épocas de cambio cuando una cultura decae y se solapa con otra; de ahí su interés por la romanización de la ciudad, una pasión que viene de lejos. Resulta que en Hostafrancs, el barrio de su infancia, había una calle dedicada a Gayo Celio, y mientras sus amiguitas jugaban a las gomas, ella se imaginaba cómo diablos habría llegado a Barcelona aquel señor con túnica. Supo en la universidad que fue el primer magistrado de Barcino de que se tiene constancia y lo convirtió muchos años después en personaje de su novela: el padre del protagonista.

El morapio de los layetanos, abundante y barato, saciaba la sed de las centurias imperiales 

Cuenta Isabel que, después de todo, la penetración de los romanos fue bastante pacífica; los pobres layetanos estaban ya muy acostumbrados a la presencia de los navíos mercantes que cargaban con rumbo a Roma lo mejor de la tierra: por las aguas rojas del Rubricatus bajaban, desde los poblados íberos del interior, la sal de Cardona, el cereal de la Sikarra, los perniles ceretanos y sobre todo el vino. Ánforas y ánforas de un caldo más bien peleón pero abundante, el morapio de taberna que abrevaba a las legiones.

Apunta la escritora que, de hecho, la ciudad surgió en parte porque al imperio le interesaba fiscalizar la riqueza que estaban generando en el territorio las explotaciones vinícolas. Ah, el viejo dicho: Barcino és bona si els denaris sonen.     

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