Hace más de un siglo que un importador italiano triunfó en la Barcelona de finales del XIX con ese aromático brebaje, de nombre vermut, a base de vino, ajenjo y otras variadas hierbas que se ingería como aperitivo. El asunto del vino (en combinación con otros aderezos herbóreos) como preámbulo a la comida ya databa de los tiempos de Hipócrates.
En la versión moderna, durante el último siglo, en la capital catalana ha vivido todos los vaivenes de las modas, desde ser trago imprescindible en la liturgia dominguera, hasta víctima de olvido y desdén por su dulzor (versión rojo) o velocidad etílica.
Pero los últimos años lo han redimido con la clientela del nuevo milenio, no solo por sabor, sino ante todo como rito hedonista y forma de relacionarse. Con la particulidad de que las redes sociales han propulsado ahora esta moda, afianzada en blogs y webs de forofos del vermut y en grupos conectados por Facebook y otras redes, donde se vuelcan opiniones, se encumbran nuevos locales y se redescubren bodegas añejas.
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