El Periódico

Revelando a la autora de las fotos perdidas de Barcelona

Milagros Caturla formó parte del grupo de fotógrafas que tomaron las calles barcelonesas a finales de los 50, en un coto entonces exclusivamente masculino

Revelando a la autora de las fotos perdidas de Barcelona

Milagros Caturla, en el centro, de oscuro y con el brazo apoyado sobre su padre, Luis, y en compañía de sus nueve hermanos y su madre, en los años 30.

CARLES COLS / BARCELONA

Sábado, 1 de abril del 2017 - 16:25 CEST

Milagros Caturla.

La vida de Milagros Caturla, la autora recién descubierta de aquel conjunto de fascinantes fotografías que un turista estadounidense, Tom Sponheim, compró en los Encants en el 2001, es aún solo como aquel encantador momento del revelado analógico en que el papel se sumerge en la primera de las cubetas y comienza a emerger la imagen del negativo. La luz de la habitación es roja. El retrato solo se intuye, como la propia vida de Milagros, una mujer tocada por la musa de la fotografía si la hubiera (Leica, podría llamarse), de la que aún no se sabe suficiente, pero bastante como para reescribir lo que sucedió en Barcelona en el tránsito de los años 50 a los 60, cuando un grupo de mujeres reivindicó su derecho a ser fotógrafas. Carmen García Pedrosa, una de ellas, le contó en una ocasión a Victòria Bonet, historiadora de la Agrupació Fotogràfica de Catalunya (AFC), que las insultaban cuando salían a la calle con sus cámaras, que les gritaban que se fueran a su casa a lavar los platos. Milagros era una de ellas, pero su obra había caído en el olvido hasta que Sponheim compró por el equivalente a tres dólares y medio nueve sobres de negativos y hasta que Begoña Fernández se tomó ese misterio como si se enfrentara al sabueso de los Baskerville.

Las insultaban en la calle, que se fueran a lavar platos, pero no solo tenían el don de la fotografía, también tenían arrestos

Los datos biográficos, reconstruidos a través del relato de sus sobrinos, trazan un breve perfil sobre Milagros Caturla y, sobre todo, proporcionan un porqué de su brusco y lastimoso paso al olvido.

MUJERES DE LA REPÚBLICA

Era la séptima hija de un teniente coronel de Infantería, Luis Caturla, y de Josefa Soriano. Eran nueve hermanos. Nació en 1920 en Barcelona. Su adolescencia coincidió, pues, con los años de la república. Es solo una suposición, pero debería quedar grabada en su retina la imagen de las mujeres en aquellos años. En el 2015, la editorial La Fábrica publicó una original mirada sobre la historia de esta ciudad. Barcelona retratada por fotógrafos de fama internacional (Avedon, Cartier-Bresson, Gerda Taro, Erwitt…). Una delicia. En las páginas que correponden a los años 30, las barcelonesas son mujeres a menudo modernas, indistinguibles de aquellas que años más tarde mantuvieron Estados Unidos en pie cuando muchos hombres estaban en los frente de guerra.

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MILAGROS CATURLA

La primera fotografía que reveló Tom Sponheim de los negativos de Els Encants.

Lo que vino tras 1939, ya se sabe qué fue. Sin embargo, la joven Caturla, aunque de familia conservadora, no quiso participar de ese adocenamiento colectivo que el franquismo impuso a las mujeres. Había estudiado para maestra, pero entró como funcionaria de la Diputación Provincial de Barcelona. Jamás se casó. La fotografía no era una afición barata. El sueldo le permitió comprar una Leica y tener su propio laboratorio de revelado en casa, en el número 212 de la calle de València. El papel fotográfico, los carretes, los líquidos de revelado y fijado… Un lujo entonces.

Ingresó en la Agrupación el mismo año que Joan Colom, en 1957, pero entonces a una mujer no se le permitía pasar del estadio del amateur

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MILAGROS CATURLA

Amanecer en la calle del Bisbe.

En su segundo destino en la Diputación, en el departamento de agrimensura, ya tenía contacto con la fotografía, con la aérea, pero lo que deseaba era distinto. Por eso, el 26 de octubre de 1957 ingresa, con el número de socia 1.859, en la Agrupació Fotogràfica de Catalunya. Era un momento efervescente en el número 14 de la entonces calle Duque de la Victoria, donde continúa cerca ya de ser centenaria la agrupación. Aquel mismo año ingresaba como socio Joan Colom. Dos años después, Eugeni Forcano, socio también, presentaba sus primeros trabajos en los llamados salones fotográficos. Antes que ellos, como quien porta una antorcha y marca el camino, estaba el trabajo en la calle de Francesc Català Roca, a quien su especial modo de mirar a través del visor había convertido ya en un reputado fotógrafo. Igual sucedía con Xavier Miserachs. Maestros.

LAS PIONERAS

Pero para las mujeres no fue tan fácil como para Forcano y Colom. La AFC, fundada en 1923, ya había intentado desde el mismo momento de su nacimiento tener un grupo femenino. En 1924 se apuntaron dos, Mercè Villamur y Paulina Macià, pero el proyecto no cuajó. Según el trabajo historiográfico de Bonet, era un flas, no fotográfico, sino de contradicciones, ser la única mujer allí, en un piso de lleno de hombres.

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MILAGROS CATURLA

Un contraluz de niños en el patio de una escuela.

La dirección de la agrupación perseveró. En 1956 se organizó un “curso de fotografía femenina”. El título era equívoco. No consistía en fotografiar mujeres, sino en que se situaran detrás de la cámara. No está acreditado que Caturla se inscribiera. Es probable que así fuera. Pero su verdadero maestro es alguien cuyo nombre permanece en la sombra. Una de sus sobrinas le recuerda como alguien con bigote. No es mucha información. Se encerraban en el laboratorio a revelar, un atrevimiento entonces. Es una lástima no saber quién era ese mentor, porque sería posible entonces dilucidar hasta qué punto la alumna dejó atrás a su maestro. Las fotografías de Milagros comenzaron a acumular premios, a veces en concursos solo para mujeres, pero a veces no. En 1961 quedó segunda en el premio fotográfico de las fiestas de Gràcia, solo por detrás de Eugeni Forcano, un artistazo.

Milagros tuvo un mentor, alguien que la inició en los arcanos del revelado. Tenía bigote. No se sabe más

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AGRUPACIÓ FOTOGRÀFICA DE CATALUNYA

Una obra de Rosa Szücs del Olmo.

El caso es que de aquella primavera fotográfica femenina de finales de los 50 y amanecer de los 60 había perdurado hasta ahora una lista incompleta de nombres. Milagros Caturla no aparecía al lado de firmas de foto como Montserrat Vidal i Barraquer, Rosa Szücs de Truñó, Roser Oromí, Carmen García Pedrosa (que firmaba en ocasiones, quizá sin desearlo, con el apellido de su esposo, y que solo podía permitirse el precio de su afición con el dinero que ganaba en premios) y Gloria Salas de Vilavecchia, una mujer extraordinaria, a punto de cumplir 102 años de una vida hipervitalista, que no solo destacó por la perfecta composición de sus tomas, sino también porque elevó el trabajo bajo la luz de la ampliadora en una suerte de photoshop artesano único entre sus compañeras. Le pedía a sus tres hijas, Marta, Pilar y Blanca, que entraran en el laboratorio porque seis manos, ocho, con las suyas, ofrecían ilimitadas opciones a la hora de oscurecer o reservar parte de la imagen.

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BEGOÑA FERNÁNDEZ DÍEZ

Marta Villavecchia muestra el retrato que le hizo su madre, Gloria Salas, en el Liceu.

El talento de Milagros cayó olvidado tras la cómoda de la de historia. Se mudó de piso. Se quedó sin laboratorio. Fue el fin

La obra conjunta de aquellas mujeres despunta por su modernidad. Buena parte de los miembros de la Agrupació Fotogràfica permanecían amarrados en el puerto del pintoresquismo y de la fotografía paisajista. No todos, pero sí muchos, y entonces llegaron ellas, como anticipándose una década, porque no fue hasta finales de los 60 que Roser Martínez Rochina se convirtió en la primera mujer que vivió profesionalmente de la fotografía en Barcelona, un territorio hasta esas alturas del franquismo exclusivamente masculino. Esa, en cualquier caso, es una historia para otra ocasión. Lo que toca aquí y ahora es encontrar una respuesta a ese mutis por el foro de Caturla, ese final borroso que la llevó al olvido, del que solo la rescataron recientemente Tom Sponheim y Begoña Fernández.

Las circunstancias familiares obligaron a Milagros a dejar su piso de la calle de València. Se trasladó a Ciutat Vella, a la calle de Capellans. Allí no cabía su laboratorio de revelado. Así de simple, así de triste. El alzhéimer de los últimos años de su vida hizo el resto. Falleció el 28 de marzo del 2008. Al otro lado del Atlántico, Tom ya la buscaba.

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