Algo sucede con Francia en esta ciudad de Barcelona. Aprovechando el día de las presidenciales me construí mi pequeño mapa de la Francia barcelonesa y la decepción fue notable. Apenas si hay calles de lejano origen francés en el nomenclátor ciudadano. No es de extrañar, porque el gran poeta García Lorca solo cuenta con una pequeña calleja más allá de las llamadas Viviendas del Gobernador en la parte de montaña de la Ronda de Dalt cuando atraviesa Verdún.
Ese Verdún tampoco tiene nada que ver con la sangrienta batalla de la primera guerra mundial. Pero sorprende que, aunque sea sin numeración postal, una de las rotondas más grandes que marcan los confines de Horta sea la plaza de Karl Marx, sin duda la única calle dedicada al filósofo alemán en este país donde aún campean avenidas del Generalísimo Franco.
En el Guinardó aparece una pequeña calle dedicada a Francia, pero es en el Poble Sec donde el caminante se encuentra con la calle de la França Xica, un lugar famoso por su meublé para parejas clandestinas y que debe su nombre a un gran almacén que en el siglo XIX se llamaba Almacenes España. El competidor del España decidió bautizar su local como Francia, pero al tratarse de un establecimiento más pequeño, los vecinos del Poble Sec lo bautizaron como França Xica.
El nomenclátor
3 André Malraux, combatiente a favor de la República española y más tarde ministro de De Gaulle, tiene una plaza frente a la estación del Nord que saltó a la fama por la disolución contundente que las fuerzas del orden impusieron a inmigrantes subsaharianos. Otro artista, Arístides Maillol, trajo consigo el espíritu modernista parisino y ahora es una gran avenida que abraza el estadio del Camp Nou. Pieyre de Mandiargues cuenta con el agradecimiento barcelonés en su barrio ravalero y Pierre de Coubertin, el introductor de los JJOO modernos, también ha merecido una calle que fue fundada a raíz de Barcelona 92. Finalmente Pierre Vilar, nuestro historiador que ha hecho historia, tiene su pequeño reino urbano en los confines de la ciudad, ahí donde La Mina de Sant Adrià exhala sus constantes cantos y alegrías de estar por casa. También Marie Curie, la polaca de nacimineto que descubrió el radio, tiene en el parque de la Guineueta una pequeña calle que siembra las dudas entre los vecinos.
Pero la gran sorpresa del nomenclátor barcelonés dedicado a los franceses ilustres se encuentra en el pasaje de Napoleó. ¿Un pasaje para el emperador? Pues no. Ni siquiera un pasaje para el hombre que llevó a sus huestes hasta las puertas de Moscú y que aprendió de la antigüedad egipcia. No se trata de Napoléon Bonaparte, sino de Antonio Fernández Soriano, un fotógrafo murciano cuyo seudónimo era Napoleó y que le compró un pedazo de finca a la familia Maignon, que también tienen su calle.
Lesseps aparte, poca cosa más en el mundo francés de Barcelona. Tenemos El Molino, una imitación del Moulin Rouge. Tenemos el Bar Pastís, un enclave legendario donde escuchar las erres arrastradas de Piaf. Tenemos también el restaurante Les Délices de France, cerca de la calle de Adriano. Y el magnífico expendedor de ostras Gouthier, en Sarrià, donde Thierry y Silvia nos hacen zambullir en los mares bretones. Pero la vida francesa en Barcelona es solo una corriente subterránea que, de vez en cuando, asoma en el Institut Francès o en las canciones traducidas de nuestros rapsodas. El francés siempre evoca a beso canalla, pero es en realidad nuestro pequeño paraíso de lo que algún día fue esa patria gaseosa llamada el extranjero. Leo Ferré, el cantante anarquista, dice en una de sus estrofas: «Le rouge pour naître à Barcelone, le noir pour mourir a Paris». Y mientras nos queda el consuelo de pedir para desayunar en esta enorme feria de las vanidades gastronómicas el encanto de una simple y proletaria tortilla a la francesa. Una perfecta metáfora de la vida francesa convenientemente batida para los degustadores de la francophonie.