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a pie de calle

«Póngame una libra de Kundera»

Jueves, 23 de febrero del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Joan Barril Periodista

Son las once de la noche, en esa hora entre perro y lobo, cuando las aceras depositan a los pies de los transeúntes los tesoros de los días perdidos. Tres chicos jóvenes arrastran grandes bolsas y vacían ordenadamente su contenido junto al muro de lo que parece ser uno de los conventos que en su día velaban la salud espiritual del barrio de Sant Gervasi. Su cargamento está formado exclusivamente por libros. Los chicos van apilando los distintos volúmenes. Me acerco a los montones. No busco nada, pero alguno de los títulos me recuerdan otros tiempos.

Libros a peso en Sant Pere més Alt, ayer. joan puig

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Información publicada en la página 35 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 23 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

La vida de las obras literarias es efímera y los sesudos ensayos que se escribieron ayer hoy han sido superados por los acontecimientos. El tiempo acaba con la sátira y con las profecías. Pienso en el joven que ya no soy cuando me acercaba a las librerías y lucía mis ejemplares bajo el brazo y veo a los jóvenes que siempre lo serán arrumbando la sabiduría de sus mayores en las cercanías de un convento: «¿De dónde sacáis tantos libros?», les pregunto con el candor suficiente como para que no me confundan con un policía desertor de las cargas de Valencia. «Son los libros que había en las estanterías de la casa de mis padres. Ahora viviremos allí y hay que pintar». O sea, que la pintura de brocha gorda es incompatible con la literatura de plumilla fina. «¿Sabe qué? Ya casi nadie quiere libros usados. Ni siquiera las cárceles se ven tentadas a ampliar sus bibliotecas. Mejor los dejamos aquí y ya verá usted como mañana por la mañana ya no queda ninguno».

Repartir las sobras

3 El chaval que dirige el comando bibliófobo lleva razón. A la mañana siguiente la acera vuelve a estar limpia de letras antiguas. Le recuerdo, en el frío nocturno, como un ciudadano que todavía reconocía el valor de la cultura escrita. Él y sus amigos podían haber tirado los libros en el contenedor gris de enfrente, pero sabían que eso era la muerte del pensamiento y, de la misma manera que hay personas que aún envuelven el pan en papel de aluminio antes de tirarlo a la basura, también ellos querían pensar que más vale repartir las sobras que hacerlas más sobreras aún.

Hace pocos años el libro tenía el valor de compartirse. De ahí surgió el fenómeno bookcrossing, que consistía en depositar un libro en el hueco de un árbol -el de la esquina de Villarroel con Consell de Cent era el más célebre- para que los lectores ocasionales compartieran sus lecturas. Hoy el fenómeno de los libros nómadas ya ha desaparecido. En tiempos de crisis y de electrónica los huesos de Gutenberg tiemblan bajo su tumba. Los libros se medían por páginas, por capítulos, por tipos, pero ahora las cosas son distintas. En la calle de Sant Pere més Alt, frente al Palau de la Música, un pequeño librero tiene en su puerta unos cestos con distintos libros y un cartel donde nos indican el precio por kilo. El libro ya solo es mercancía devaluada.

Recuerdo que en los años 90, cuando Argentina vivió la desaparición de sus clases medias ilustradas a manos del corralito, las librerías de lance de la calle de Corrientes estaban llenas de lujosas colecciones literarias que los bonaerenses habían malvendido para llegar a fin de mes. Si sus ahorros se habían quedado encerrados en el banco en el que ingenuamente confiaron siempre les quedaban los libros familiares. Acariciando los lomos y las guardas de aquellos volúmenes se percibía aún la humedad de las lágrimas de sus dueños al haberse deshecho de ellos.

Al menos allí había sentimiento por la pérdida. Ahora, en cambio, los kilos de libros dudan entre ser pasto de los vagabundos nocturnos de las ciudades o resignarse a su resurrección en forma de pasta de papel.

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