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El placer ha sido nuestro

Martes, 5 de febrero del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Joan Barril Periodista

Hoy debería hablarles una vez más de las cosas que suceden en la Gran Barcelona. Pero a veces la ciudad se nos queda pequeña. Pasan rostros desconocidos y sin embargo sabemos que algún rostro conocido no volverá jamás. El sábado murió un amigo de pluma y de mirada, de barcaza y de motocicleta, de oro y de copas. Se llamaba Agustí Fancelli y tenía 56 años. Escribía en El País y se sabía todas las óperas de memoria. Le gustaba la armonía y el exceso, el silencio compartido y la vehemencia de los argumentos. Y reía y hacía reír, con esa calma irónica que da la amistad a lo largo. En el 2002 le dieron el premio Ciutat de Barcelona, pero en realidad fue la ciudad de Barcelona la que fue premiada por la presencia de Agustí.

Agustí Fancelli, navegando en una 'peniche' por el canal de Midi, en el 2011. ARCHIVO / AGUSTÍ CARBONELL <BR/>

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Información publicada en la página 36 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 05 de febrero de 2013 VER ARCHIVO (.PDF)

Él me demostró que se puede ser, como Alberti, marinero en tierra. Ignoro de dónde le salió la vena de navegar por los canales franceses. La primera vez que monté en una peniche de alquiler siguiendo las esclusas ovaladas del barón de Riquet a lo largo del canal de Midi, él hacía de patrón y yo de cocinero. Él con su gorra de lobo de río y yo con el delantal blanco y el gorro cilíndrico. A bordo de aquella peniche viajaban, entre los suyos y los míos, cinco hijos cuyas edades sumadas no llegaban a los 10 años. Al atracar junto a la ribera, oteábamos la noche a través del cristal de las últimas copas de la madrugada.

Ahí le dije -y se lo repetí siempre- que era como Mercutio, el personaje que Shakespeare concibió para Romeo y Julieta. Mercutio y Fancelli eran hombres de paz y de cultura, de amor a las palabras y a la concordia. Su pundonor le hacía ser más exigente consigo mismo que con el resto del mundo. Le recuerdo sentado en los ribazos del canal tras haber hundido, en una falsa maniobra, una pequeña barca vacía y carcomida. «Dejadme solo», nos dijo a mí y a la marinería infantil. El mismo semblante sombrío le sobrevino cuando embarrancamos en unos bajíos mientras remontábamos el Saona. Pero los anticuerpos del optimismo salían inmediatamente a flote. Heredó una vieja nave industrial en Gràcia que pensaba convertirla en párking. Hasta que un día me dijo: «Mal asunto. Me han salido okupas». Y, en vez de avisar a los Mossos, el joven propietario iba a ver a sus extraños inquilinos para recomendarles maternalmente que en aquel edificio abandonado debían ser prudentes, que el suelo podía resquebrajarse y la ocupación podía acabar en tragedia.

Naturalmente la pasión por los canales le llevó a adquirir una magnífica gabarra holandesa llamada Marje & Catherina, siempre atracada en el canal de la Robine, cerca de Narbona. Pero sin dejar su afición por esas zapatillas del agua, Agustí adaptó su biología al mundo de las motos hasta que se convirtió en una pieza más del equilibrio y del riesgo. Un día le mostré mi flamante Royal Enfield, una moto clásica y bruñida fabricada en la India y me pareció ver en su mirada un pequeño destello de humanísima envidia. Luego empezó a frecuentar hospitales. No era Mercutio, muerto por Teobaldo en una reyerta, sino herido por algún ictus y por la dolorosa y letal revolución de las células. En una de esas ocasiones, con el alta en sus manos, fui a buscarle a la salida del Hospital de la Esperança y nos dejamos llevar por los sabios consejos del restaurante Florentina, donde Marga y Paco nos devolvieron al mundo de los vivos.

Ayer, cuando sus hijos ya crecidos dieron el último adiós a su padre, pensé que si es cierto que la gente no muere mientras alguien la recuerda, es evidente que Agustí Fancelli tendrá una vida más que prolongada. Era un amigo y un compañero de juegos. Y alguna parte de mí es debida a él. En el recordatorio que nos dieron en el tanatorio, se veía un bello dibujo de la gran humanidad del Agustí navegante y una única frase: «Ha estat un plaer». Pero hay placeres de los que no se puede prescindir aunque sea por una muerte a destiempo. Por eso, en la soledad de esta insuficiente crónica, le lloro.

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