«Han venido la teletrés, la seis y la uno. Que me graben porque así mi padre verá cómo trabajo». La joven de pelo rizado da largos brochazos azules sobre una pared que antes era de un amarillo pálido tipo quirófano antiguo. Sus bromas y su risa contagiosa huelen a fiesta de fin de curso. Hasta que la chica, de 30 años, te cuenta que ha pasado «media vida en prisión», luego te enseña la marca en el cuello de cuando saltó de un tercer piso para escapar de un mosso y se enganchó con una cuerda de tender la ropa y mas tarde te confiesa que, de no estar encerrada, «llevaría años perdida». No es una fiesta de cole porque esto es la cárcel de mujeres de Wad-Ras. Pero sí es un día diferente, una mañana en la que 200 internas rompen la rutina con una labor pionera en España: pintar las zonas comunes y el patio en el que juegan los hijos de las reclusas.
Trabajo en equipo 8 Reclusas y voluntarios pintan las puertas de las áreas compartidas de Wad-Ras, ayer. DANNY CAMINAL
Información publicada en la página 32 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 13 de julio de 2011 VER ARCHIVO (.PDF)
Entrar en una prisión empequeñece, aunque uno sepa que saldrá en un par de horas. Puertas que no se abren hasta que se cierra la anterior, controles de seguridad, barrotes en los despachos, muros infranqueables... Estos edificios se diseñaron para que nadie escapara, no para que el inquilino se sienta la mar de cómodo. De ahí la importancia de esta iniciativa, que más allá de entretener a las presas durante unas horas servirá para que el variopinto color de las paredes y las puertas haga más llevadera la estancia. Aparte de las zonas interiores, donde se ha impuesto el rojo, el pequeño patio triangular en el que juegan los 12 niños menores de 3 años que residen en el centro con sus madres se ha convertido en un océano de peces y estrellas de mar que nadan un par de metros por debajo del alambre de espino.
Irina, rumana de 35 años, es una de las 11 madres que tienen a sus pequeños con ellas. Como todas, sigue las instrucciones del artista jerezano Antonio Fernández-Coca, que lleva la batuta de este proyecto imaginado por la empresa Bruguer. El hijo de Irina -tiene otros dos, de 20 y 14 años- tiene dos meses y medio y se llama Ricardo, y a ella le quedan dos años de condena por un delito menor que no viene a cuento. Sin dejar de pintar los ojos verdes de un pez de difícil identificación, se alegra de que su bebé «pueda ver el mar y no esa pared aburrida y triste» cada vez que sale al patio a pasear.
Wad-Ras alberga a 330 reclusas, de las que 160 están el régimen abierto. La directora, Silvia Serra, una mujer muy cordial, explica que todo lo que suponga «un plus» para las presas es «siempre bienvenido». Y así es. Puertas rojas, paredes azules; nadie olvida que esto es una cárcel, pero el color, dicen los entendidos, aporta paz y refuerza el espíritu, virtudes muy buscadas entre rejas.
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