Todas las Barcelonas (o muchas de ellas) compartieron ayer un solo espacio: el Paral·lel. Niños de todos los tamaños y raíces jugando a ser atletas de élite, risueñas abuelas cantando las canciones de su infancia frente al cabaret de su juventud y adolescentes moviendo las caderas con desparpajo a ritmo de reguetón. Cada uno a lo suyo, pero todos unidos, junto a otras decenas de miles de personas, responsables de la conversión -aunque solo durante 15 horas, cual calabaza hecha carroza-, de la Diagonal canalla en el eje cívico por el que tanto tiempo lleva luchando la Fundació El Molino (FEM). Esta es la impulsora del fiestón que en su tercera edición volvió a tener el Paral·lel cortado al tráfico durante todo el día -entre Palaudàries y Margarit-, pero más concurrido (y vivo) que nunca. Al menos en este siglo.
Información publicada en la página 44 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 10 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
El principal escenario se instaló cerca de la plaza de las Tres Xemeneies, en el extremo mar de la avenida, aunque el sol de justicia que cayó durante toda la mañana jugó una mala pasada a algunos de los artistas que actuaron, ya que picaba con tantas ganas que era casi imposible sentarse al raso a contemplar el espectáculo. También hubo escenarios frente a El Molino, el Arnau y a la altura de la calle Margarit; tablas a las que prácticamente no se les dio respiro. Pasaron por ellas de forma desinteresada 350 artistas, entre profesionales y amateurs.
Frente al mítico Apolo -en el que se anuncia un enigmático espectáculo llamado Deseos, a cargo del no menos enigmático psicomago Luis Pardo- había una gran pista de atletismo con un foso, para saltar, donde los más pequeños probablemente deseaban saltar más alto. Más lejos. Mientras, un hombre se refugiaba en una sombra cargado de globos de Bob Esponja y unas chicas vestidas de Bollywood corrían Paral·lel abajo. Llegan tarde a su función. A su día de gloria. Una mujer en una silla de ruedas de una residencia situada en la misma calle sonreía mientras las miraba alborotadas. Su paseo de los sábados ayer fue especial. La calle hervía, y no solo por el achicharrante calor.
MAQUILLAJE Y CALOR / A pocos metros, un grupo de mujeres de Bangladés ultimaba el maquillaje de sus pequeños frente a la sala Arteria, de puertas abiertas durante toda la mañana, como el resto de teatros de la avenida, que intenta reivindicarse como el gran eje de la cultura y el ocio diurno y nocturno de la ciudad, como sin duda lo fue en su época de esplendor. Además de para curiosear su renovado interior, muchos aprovecharon para tomar aliento y refrescarse con los aires acondicionados. Ayer se agradecían.
Mientras algunas madres maquillaban y colocaban turbantes, otras lo inmortalizaban todo con sus móviles. «Para mandar las fotos a Bangladés. A la familia», explicaba una de ellas. A las 13.30 horas iban a actuar en el teatro y todo debía estar listo. Nada podía fallar. Y no falló.
En ese mismo instante, un zancudo repartía globos de colores entre los niños que jugaban a pasar bajo sus largas piernas de madera en el centro de la calzada; y los descarados gigantes del Poble Sec danzaban al ritmo de varias (y contundentes) gralles. Son estos seguramente los gigantes más pícaros de la ciudad, por el muslo al aire y las plumas de ella, y el rosario tras la espalda que esconde él, casado, siempre rondando a la bella cabaretera de cartón.
En la zona de la muestra de entidades, asociaciones de todo tipo. Del barrio y de fuera. Incluso los Mossos d'Esquadra tenían un puesto, en el que los pequeños podían jugar a hacerse su placa de policía: un curioso papel con un escudo del cuerpo dibujado en el que ponía «Agente:», y cada niño debía escribir su nombre al lado, y pegárselo en la camiseta. O ponerse una gorra y hacerse una foto sobre una moto de la policía -sin casco- e incluso jugar a vestir a un agente con recortables de estilo años 60.
OFERTA DE LOS BARES / Entre las actuaciones en plena calle, las hubo prácticamente para todos los gustos. Desde las risueñas señoras del grupo Món Raval cantando con sonrisa pilla La fadrina va a la font frente a El Molino -enfatizando el «si em donessis un petó, jo te'n donaria quatre»- hasta los bastoners del mismo barrio haciendo ruido -en el buen sentido de la expresión-, folclore chileno o un espectáculo de burlesque.
Como novedad en esta edición -también en la línea de devolver el esplendor perdido a la avenida, que tiene pendiente sine die su gran reforma-, durante toda la jornada los bares y terrazas del Paral·lel ofrecieron ayer una oferta de tapa más cerveza a un euro, que no pocos ciudadanos quisieron (y supieron) aprovechar.
Por la tarde, los teatros recobraron su programación, aunque con una rebaja del 50% en sus entradas -excepto el Victoria.