Joan Barril
Periodista
En un principio fue el agua, ese líquido que llegaba de las nubes y de los ríos. Con el agua los antiguos habitantes de Mesopotamia hicieron fermentar la cebada y obtuvieron la cerveza. No lo hicieron por el sabor, sino más bien por los grados de alcohol con los que la nueva bebida consolaba las penas de los guerreros y les enardecía para el combate. Pero la civilización de los dipsómanos continuó. Apareció el vino y los aguardientes destilados de cualquier cosa y, finalmente, se llegó al barroquismo de los cócteles.
Información publicada en la página 38 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 07 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
El prodigio de la mezcla tiene en Barcelona algunos templos que ya han alcanzado fama mundial. En primer lugar el Dry Martini, fundado por Carbonell y administrado hoy por De las Muelas. Después tenemos el minúsculo pero entrañable bar Boadas, en la calle de Tallers. Y recientemente se ha abierto el Mutis, en un principal cerca del magnífico Bar Mut, en lo alto de Pau Claris. Para celebrar esa consagración fui a agarrarme a la espléndida barra del Dry Martini, que poco antes de mediodía acoge a unos cuantos románticos solitarios dispuestos a zambullirse en la primera copa del día. Ahí suele estar Marta, que no es barman, sino barmade, expresión que agrupa a las escasas cocteleras del planeta. Marta es rápida y discreta y deja que las copas hablen por sí mismas. Suelo sentarme en la esquina de la izquierda de la barra, tras la curva de madera bruñida que lleva al bebedor a la pared donde se ordenan los periódicos del día. La atmósfera es agradable y, de no ser por el rayo de sol que de vez en cuando acompaña a un nuevo parroquiano, podría decirse que es de noche y que aquel lugar parece salido de un cuadro de Hopper, concretamente la pintura Nighthawks, donde una rubia se mira las uñas y un hombre a su lado siente bullir bajo el sombrero todas sus dudas.
Ayer Marta no estaba y en su lugar el oficiante era Juan, tan digno como cualquiera de las bebidas que esperan en los anaqueles ser escogidas por el cliente. Recuerdo a James Stewart en aquella película de Hitch-
cock titulada en original North by Northwest cuando implora a uno de los malos: «¡No me mate, por favor. Tengo esposa, suegra y todos los bármanes de la ciudad dependen de mí!» Antes el Dry era un lugar exclusivamente masculino, pero poco a poco se ven en su barra alguna ejecutiva que repasa sus carpetas y que da al ambiente un honorable aspecto igualitario. Nada que ver con la frase de Dorothy Parker que, refiriéndose a ese cóctel también conocido como la bala de plata, solía decir: «Uno es poco. Dos es suficiente. Con tres estoy debajo de la mesa. Con cuatro estoy debajo de mi anfitrión». En coctelerías como el Dry o el Boadas no se sirven filtros de amor, ni siquiera de alquiler. El cóctel es un catalizador de la amistad de largo recorrido.
Me alegra que, por una vez, el trabajo bien hecho no tenga fronteras. En el Dry Martini no hay nadie que se encargue de la seguridad ante gente de mal beber. Será porque cuando te ofrecen una copa de calidad, el buen beber está garantizado.
De ahora en adelante llegarán personajes de todo el mundo para dejarse ser en amistad sobre los mullidos sillones Chester o arreglarán el planeta en las sillas Thonet y en las mesas de mármol. Esa es nuestra otra sagrada familia, aquella que adopta a los desvalidos y que les ennoblece con el agua siempre bendita de 40 grados. No es cierto que todos los bármanes de la ciudad dependan de James Stewart. En realidad somos muchos los que dependemos de los buenos bármanes de la ciudad. H
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