Ayer fueron 15 personas desalojadas, hace un mes cuatro rumanos muertos, y mañana ya veremos, según cómo sople el viento. La lotería del barraquismo en Barcelona empieza a parecer una macabra ruleta rusa con pistola de verdad. Sobre la mesa, ya no tanto un modelo social, un fenómeno preocupante y creciente de asentamientos ilegales en Sant Martí, sino personas humanas con una vida tan frágil como el improvisado techo que les cobija.
Varios de los rumanos que vivían en las barracas incendiadas retiran escombros para volver a empezar, ayer. CARLOS MÁRQUEZ DANIEL
Información publicada en la página 33 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 28 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Sería poco más de medianoche cuando Alin, de 22 años, empezó a notar que sus manos ardían. En ese inusual despertar, este joven rumano saltó del suelo, sacudió su cuerpo y desperezó al resto de personas con las que compartía chabola. Los ocupantes de las otras tres barracas también salieron a la carrera y todos buscaron refugio en la calle. En poco más de 10 minutos, lo poco que tenían quedaba reducido a cenizas. El solar, situado en la esquina de la avenida de Icària con la calle de Àlaba, muy cerca de unas pistas de pádel, era ayer un ir y venir de madera negra y plástico fundido. Ellos no perdían el sentido del humor, mostrando una muñeca calcinada -«africana», bromeaban ellos- o rescatando una lechuga que salvarán si quitan las primeras hojas de hollín. Sobre las causas, aseguraban que alguien de fuera lo provocó, pero semejante acusación deberá esperar el informe de los bomberos y la posterior investigación de los Mossos d'Esquadra.
La noche del domingo la han pasado en un hostal de la ciudad. Cortesía del ayuntamiento, que hoy al mediodía, con el check out voluntario de los huéspedes -tenían derecho a dos días más-, devolverá el problema a la casilla de salida, ya que estas tres familias de rumanos tienen la intención de reconstruir su pequeño campamento. De hecho, invitan a la sociedad a que les traiga material para levantar las nuevas barracas. Se acaban de enterar de que en la tele catalana dan un maratón solidario y les parece buena la ocasión de apelar al buen corazón para estrenar refugio y borrar el fuego de la mente.
Llegaron a la Vila Olímpica en el 2008. Alin dejó en Europa del Este una hija recién nacida a la que no ha vuelto a ver. Ahora recoge chatarra y sobre todo papel que vende a 10 céntimos el kilo. «Por una tonelada te ganas 100 euros, eso lo consigo en una semana», concretaba ayer. Dicen que se portan bien, que no arman follón por la noche, que el propietario tiene un negocio al lado y no les pone pegas, que no han venido a robar. Y a pesar del mal aspecto que tiene esta parcela de 800 metros cuadrados, insisten en que aquí están «mucho mejor que en Rumanía».
TRISTE RECUERDO / Se acuerdan de lo que pasó el 9 de abril en el solar de Can Ricart, en el 22@. Cuatro paisanos suyos perdieron la vida porque no pudieron reaccionar a tiempo. Ellos sí despertaron antes de que el humo les sometiera. Lo relativizan. Y dicen que asumen el riesgo. La duda es saber si la ciudad también está dispuesta a jugar esa carta.