Joan Barril
Periodista
En Tarragona han puesto una multa a los padres de un niño que se dedicaba a ensayar un instrumento tan noble como la trompa. La trompa es ese instrumento bruñido y antiguo con el que los cazadores del zorro atronaban las campiñas europeas para que los lebreles acabaran con el animal perseguido. Pero la trompa es también una manera de hacer música que se encuentra en muchas oberturas de Wagner y conciertos de Mozart o de Telemann. En una orquesta sinfónica la trompa proporciona al conjunto una extraña profundidad parecida a la que debió sentir el pequeño aspirante a músico de Tarragona. El motivo de la multa no fue otro que el ruido denunciado por los vecinos. O sea, que entre el silencio vecinal y el esfuerzo por la armonía, la diferencia se mide con dinero. No hay nada más expeditivo que la multa para limitar las vocaciones artísticas. A partir de ahora ya sabemos que la trompa musical es incívica y que la reincidencia en los ensayos ha de llevar al aspirante virtuoso al desastre.
Información publicada en la página 40 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 08 de septiembre de 2011 VER ARCHIVO (.PDF)
Hay otros argumentos contrarios a la música que han merecido la persecución de los poderes públicos. Los instrumentos de viento son los que se llevan la peor parte. Pero hay otros. Patrick Süsskind escribió una deliciosa obra titulada El contrabajo. Recuerdo al actor Carles Sales, que encarnaba al protagonista, intentado parar un taxi con su instrumento de tramoya sobre la acera. No había manera. Los taxistas veían las siluetas de contrabajo y contrabajista y, a pesar de su volumen, jamás se detenían ante el actor. Un hijo se dedicó durante un breve periodo de tiempo a la batería. Tocaba por la tarde y durante unos pocos minutos, pero todavía conserva una educada carta de una vecina de la casa de enfrente conminándole a cesar con su actividad musical. Trompetistas y saxofonistas saben de las dificultades de interpretar sus piezas en la más abosluta de las soledades con un público uniformado con el talonario de multas absolutamente enhiesto.
Ante el musicocidio de Tarragona me dispongo a visitar a algunas tiendas de instrumentos musicales. Algunos propietarios me acompañan como si fuera un inspector de rumores y de vibraciones. A veces hay que bajar por unas angostas escaleras hasta encontrar el camarín donde el maestro y el profesor se dicen sus cosas con los carrillos hinchados. En otras ocasiones se desvía a los neófitos concertistas hasta extraños lugares del extrarradio donde, previo pago de un alquiler, se permite a los músicos a pergeñar sus notas en compañía de otros exiliados como ellos. No sabemos si la música amansa las fieras, pero sí sabemos que la música no es todo lo popular que debería ser. Por las calles de las ciudades pasan energúmenos cantando canciones de borrachería y a esos no les pasa nada. Pero hay de ti, joven concertista, si se te ocurre probar una y otra vez las armonías de una pieza clásica. No hay piedad para los pentagramas. Vivimos de la emoción, pero la vida se basa en el silencio bienpensante. Hoy suenan músicas lejanas y mañana pueden llegar a convertirse en la marcha triunfal del desorden.
La trompa servía para cazar y ahora los trompetistas se han visto cazados. Por lo visto de ahora en adelante el único instrumento inofensivo va a ser un tranquilo sonajero.
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