la ciencia y por extensión la vida de un científico, pese a que es común sostener lo contrario, no tiene por qué ser un tostón. Ahí está el caso de Richard Feynman, que se lo pasó en grande haciendo el indio en Los Álamos durante el ultrasecreto Proyecto Manhattan y se lo pasó mejor aún en las decenas de bares de topless que visitó a lo largo de su vida. Entre copas y pechos encontraba un relax ideal para su mente. Entonces aprovechaba cualquier servilleta de papel para realizar cálculos. La Academia Sueca le concedió el Premio Nobel de Física en 1965. Fue un detalle por su parte no pronunciar en el discurso de agradecimiento una de esas sentencias que tanto contribuyeron a esculpir se perfil de hombre procaz: «La física es a las matemáticas lo que el sexo es a la masturbación». Los físicos tienen eso. Idolatran su disciplina científica. Ernest Rutherford, otro genio y parece que también un hombre bastante cachondo, lo quiso dejar más claro aún: «La física es la única ciencia verdadera. El resto es solo coleccionismo de sellos».
CUANDO EL SABER SÍ OCUPA LUGAR. En la página anterior un niño espera atento a que el péndulo de Foucault derribe otra pieza en su constante vaivén. A la izquierda, el tronco de la acariquara que decora la rampa de acceso al museo. Arriba, un enorme pirarucú nada frente a una niña. Abajo, dos visitantes ante una práctica lección de física. JOAN CORTADELLAS
Información publicada en la página 312 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 17 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
CosmoCaixa, el gran Museu de la Ciéncia de Barcelona, toca varias disciplinas, pero la física puede que sea su eje central. Y no es un tostón. Es la novena maravilla de la ciudad. Eso al menos dicen las cifras de visitantes. Unos 800.000 cada año. «El amor es una cuestión de química, pero el sexo es cuestión de física», dijo Feynman en otra ocasión barriendo para casa, así que habrá que concluir que algún sex appeal debe tener ese museo, no precisamente céntrico y accesible, aunque sí muy económico. Al péndulo de Foucault que da la bienvenida a los visitantes en la sala principal hay que reconocerle un vaivén algo sensual, no en vano es la demostración empírica del movimiento de cadera con que la Tierra baila sobre su propio eje. Pero seguro que el secreto del éxito del CosmoCaixa es otro. Una charla con Lluís Noguera, uno de los subdirectores del centro, ofrece algunas pistas.
La primera es que, tal vez sin saberlo, el ADN con el que se concibió en su origen el Museu de la Ciència le inmunizó contra el daño que internet ha causado de forma devastadora en otros instrumentos de propagación del conocimiento. Las enciclopedias, un carísimo producto de prestigio hace apenas 20 años, se venden hoy a peso. CosmoCaixa, por el contrario, ha cotizado al alza en número de entradas. La visita es a ratos contemplativa, pero sobre todo participativa. Ese fue el acierto.
Noguera, sin embargo, da por hecho que CosmoCaixa tiene que ser ágil para que el museo no quede ahí quieto, parado en el tiempo, mirando el culo al futuro. «Los más pequeños a veces ya intentan pasar página en los paneles táctiles como si fueran un iPad». Eso ya es un aviso. Pero recientemente tuvo una revelación si cabe aún mayor. «Era un niño de apenas 2 años que con dos dedos intentaba que se ampliara la imagen de una fotografía. Lo gracioso es que la foto era de papel». Algún día ese niño visitará el Museu de la Ciència. Lo que no será gracioso entonces es que a ese niño, ya más mayor, el recinto le parezca una antigualla. Seguro que no será así. Más que nada porque la dirección de CosmoCaixa parece tener esculpido sobre el dintel de sus oficinas (no es así, es solo una manera de hablar) el aviso que en su día realizó Voltaire, que no era un científico pero parece que le hubiera gustado serlo. «La ignorancia afirma o niega rotundamente; la ciencia duda». Es un buen lema para ir a trabajar, dar por hecho que el conocimiento ya adquirido es menor aún que el que resta por descubrir.
Esa es precisamente el alma de una de los dos exposiciones temporales que completan este verano la visita a CosmoCaixa. Está dedicada a la nanotecnología, un río Nilo del que aún se desconocen las fuentes, una especialidad que dará mucho de qué hablar, tanto en el campo del ocio como en el de la medicina contra el cáncer. Feynman, ese apasionado de los bares indecentes, ya anticipó que en el futuro la nanotecnología sería la repanocha. Lo dijo en 1959 y parece que nadie le creyó.
La otra exposición temporal no es apta para todos los públicos. No es una cuestión de edad. No es apta para aprensivos. Se titula Epidemia. Está decicada a una civilización, la de los virus, las bacterias y algunos parásitos bastante indeseables, que ha gobernado la Tierra con más victorias en el campo de batalla que Alejandro Magno, Atila y la Vehrmatcht al alimón. Solo la viruela ha sido hasta ahora realmente vencida por la ciencia en esa ya milenaria lucha. Eso reconforta. El efecto contrario, una angustia indescriptible, lo provoca uno de los instrumentos médico que forman parte de Epidemia. Es una pavorosa bomba con la que bien entrado el siglo XX se inyectaba mercurio a través de la uretra para combatir la sífilis. Las expresiones faciales de los visitantes ante la vista de ese horror podrían ser el eje de otra exposición. Queda dicho.
CosmoCaixa, no obstante, es más célebre por su colección permamente que por sus muestras temporales. Y ahí no tiene rival. La gran joya del museo es sin duda El bosque inundado. No es una copia de un bosque tropical. Es un bosque tropical.
A algunos visitantes les gusta entrar y aguardar a que llueva. A otros les gusta sentarse frente a los grandes cristales de la pecera a la espera de se acerquen con su nadar parsimonioso los pirarucús, los pirapitingas o los pirararas. Hay una tercera opción menos conocida. Consiste en subir a la segunda planta y ver desde allí, a una distancia suficiente, la maravilla del bosque tropical en su totalidad. Es un cubo perfecto. Casi un poética obra de ciencia ficción.
En 1972, Douglas Trumbull dirigió un película hoy semiolvidada, Naves silenciosas, en las que la última vegetación procedente de la Tierra vagaba por el espacio en unos contenedores muy parecidos a El bosque inundado. Sería un detalle dedicarle esa sala a Trumbull. Feynman será otra alternativa, pero tal vez demasiado audaz.
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