El pintor olotense Rafael Griera, cuando vive en Barcelona, tiene su domicilio en una plaza recoleta del sur de Sant Gervasi llamada Cardona. Griera, un hombre de un humor torrencial, me comentaba un día a pie de piscina que, cuando se montaba en un taxi para ir a su casa decía: «Lléveme usted a la plaza del Pintor Griera». Tras un momento de confusión y de consulta al callejero el bromista Rafael añadía: «Ya sabe: antigua plaza de Cardona». Y por el camino el taxista solía decir a modo de explicación: «Ese Cardona debía ser un militar». De esa manera, Griera se hacía un lugar espontáneo en el nomenclátor a la espera que algún día la ilustre villa de Cardona perdiera sus placas y en su lugar se entronizara el nombre del artista, a ser posible con una estatua de bronce.
Información publicada en la página 38 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 08 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Recordé esta magnífica anécdota cuando ayer mis pasos matinales me llevaron hasta la susodicha plaza. No había ni estatua ni cambio de placas. Solo unos niños que parecían esperar alineados en la acera y miraban los coches que venían. De pronto apareció un pequeño vehículo y una chica con mono verde y tiras fosforescentes se dispuso a barrer el pavimento y a meter en la camioneta su cosecha de hojas y colillas.
Pero lo más importante estaba por llegar. Le pregunté a uno de los niños qué esperaban. «Al monstruo», me dijeron. Una brigadilla de barrenderos irrumpió en la calle y, con sus enormes escobas, empezaron a llevar al centro de la calzada lo que se había acumulado en los bordillos.
Uno de los barrenderos, pequeño, calvo y entregado a su tarea, me atendió sin dejar de recoger su extraña cosecha de residuos: «Al día acostumbramos a hacernos entre 16 y 18 kilómetros barriendo. Hoy es un buen día, pero cuando se levanta viento la cosa es fatigosa». Le pregunto qué es lo que hacen con la hojarasca que cae a la calle debida al llamado estrés hídrico. Lo ignora. Él se limita a concentrarse en el cuartelillo y ahí tiene su ropa de paisano. La palabra cuartelillo tiene reminiscencias militares, como el inexistente general Cardona al que el pintor Griera aspira a suceder algún día.
De pronto el griterío de los niños crece. Acaba de doblar una máquina aspiradora por la esquina de Aribau. «¡El monstruo! ¡El monstruo llega!». El barrendero veterano sonríe a los chavales y les aconseja que no se muevan de la acera, porque el monstruo se los podría tragar. Una chica morena y enérgica guía la cachazuda marcha de su aspiradora. Las luces naranjas en el techo acompasan la impaciencia de los coches que no pueden avanzar. Enormes cepillos redondos frotan el suelo lubricados por pequeños hilillos de agua.
La carroza de las hojas
3 El barrendero va echando sus montoncitos de miasmas a los bajos de la aspiradora y el monstruo se los traga, porque sin nada que llevarse a las tripas es probable que el monstruo desfalleciera. Lentamente, la carroza de las hojas se pierde mientras el barrendero actúa de heraldo de la limpieza. Los niños vuelven a sus columpios y en el suelo quedan todavía algunas colillas que antaño se habrían depositado en un cenicero y que ahora la ley ha convertido en pequeñas basuras salvajes.
Mañana, a la misma hora, el monstruo volverá con su estrépito rugiente. Mientras me voy de la plaza del pintor Griera una ráfaga de viento agita los árboles. El otoño sabe firmar el asfalto con las hojas caducas de una rutina perenne. Mañana regresará el monstruo para alimentarse de nuestros días.