ÚLTIMA HORA Florentino Pérez anuncia que Mourinho abandonará el Real Madrid al acabar la temporada
En en el Monte de los Olivos, donde la tradición judeocristiana presupone que se celebrará el juicio final, se levanta una bastante horrenda iglesia del Padre Nuestro que exhibe en más de 130 lenguas la principal oración que Jesús enseño a sus discípulos. El Museu del FC Barcelona (con diferencia el museo más visitado de la ciudad) tiene también su pequeño rincón para el rezo de gratitud y alabanza. «Sa paligid ng lupa, sang malakas na sigaw...», arranca en tagalo el himno del Barça. «Zelai ojoa, aldarri bat da..», por si se prefiere en euskera. Bienvenidos pues al Museu del FC Barcelona, un espacio de exhibición profundamente renovado en el año 2010 al que en esta ciudad, al menos en la liga museística, no le tose nadie, ni Pablo Picasso en la calle de Montcada ni el Cristo de Taüll en el MNAC. Sin duda ello merece una reflexión. Ahí vamos.
RELIQUIAS Y TROFEOS. La visita al Museu del FC Barcelona, remozado a fondo en el año 2010, incluye un repaso a la historia del club a través de su trofeos, a través de las reliquias que algunos jugadores han cedido para que sean exhibidas y a través del propio recinto del Camp Nou. Solo el vestuario 'culé' está cerrado al público. ALBERT BERTRAN
Información publicada en la página 316 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 11 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Las cifras que exhibe el Museu del FC Barcelona suelen ser menospreciadas con aire indolente por no pocos directores de museos de corte más clasico. Lo cierto, sin embargo, es que muy pocas salas pueden presumir de exhibir lo mejor de su razón de ser. Les demoiselles d'Avignon, por ejemplo, muestran su turgente desnudez en el MoMA de Nueva York y no en el Museu Picasso de Barcelona. El FC Barcelona, en ese sentido, es el MoMA del balompié.
Ahí está el primer trofeo del club, una Copa de Barcelona del año 1903 que Indiana Jones hubiera elegido por su aspecto humilde como posible cáliz de alianza. También las zapatillas con las que Belletti a punto estuvo de mandar el balón al carajo en la final de París y que el bueno de Almunia, portero rival, tuvo a bien colar en la portería. A su lado, la pelota que tres veces entró en Wembley el 28 de mayo del 2011 y la camiseta con la que Koeman, en 1992, alteró el curso de la historia del club. El calzado de Ronaldinho tiene muy poco glamur para lo que aquel hombre era capaz de hacer sobre el césped, pero también ahí está, casi talón con talón con las botas que Schuster cedió al museo. En resumen, reliquias del santoral azulgrana.
El mullidito albornoz con el que Kubala salía de la ducha y la camiseta que Josep Sastre llevó entre los años 1924 y 1933 con un escudo de ganchillo podría parecer de entrada que desentonan en un recinto dedicado a la gloria, pero si el Museo de la Guerra de Londres exhibe los modelitos árabes de T. E. Lawrence, el Barça tiene todo el derecho a mostrar cómo se paseaba Kubala por el vestuario.
Puestos a enseñar, en el subapartado dedicado a las otras secciones del club descansa perfectamente dobladita una de las camisetas que sudó Urdangarin antes de hacerse más popular de lo que era entonces. Está a ras de suelo. Que quede dicho.
El museo, sin embargo, no es solo una sucesión de vitrinas. Tiene además lo que se le pide a los museos modernos: interacción con el visitante. Ahí entran en juego las pantallas táctiles, con las que los aficionados pueden revisitar los goles con épica y las celebraciones de títulos. Se echa en falta alguna conga de esas que capitaneaba Stoichkov o el beso que el búlgaro le estampó en los labios a un desconcertado Koeman. pero todo no puede ser.
La visita se completa con un recorrido por el recinto deportivo. Palco, sala de prensa (donde un matrimonio decidió ayer fotografiar a su hijo dentro de una réplica del trofeo de la Champions), córner, vestuario visitante... Sí, efectivamente, en el de los jugadores azulgranas no se puede entrar, es algo así como sagrado, es la manzana del Edén.
Eso, en un rapidísimo resumen, es todo. No es poco. En verano, por el museo pasan unas 12.000 personas al día. Si mantuviera esa media durante el resto del año sería, con distancia, la atracción con más imán de la ciudad, muy por encima incluso de la Sagrada Família, y ello con el hándicap de que el Camp Nou queda algo lejos de las rutas naturales del turismo en la ciudad. Y es, además, un enorme negocio. La procesión de turistas reporta al club unos 25 millones de euros al año solo en entradas al museo. La cifra no incluye lo que luego puedan gastar en la tienda oficial del FC Barcelona.
La conclusión es la siguiente. La clasificación de lugares más visitados de la ciudad es ciertamente ecléctica, por no decir rara. El Poble Espanyol sigue ahí, a un paso del podio. El feote castillo de Montjuïc mantiene su tirón justo por detrás. La medalla de plata es para una pecera. La de oro es para la discutible manera en que se está completando la obra cumbre de Gaudí. En el tercer puesto de esa clasificación está el Museu del FC Barcelona. Visto lo visto, merece más. No exhibe exactamente arte, pero las mejores obras del barcelonismo están ahí. En el MoMA de Nueva York tienen lo mejor de Picasso, es cierto, pero no las botas con las que Messi ha puesto en pie a medio mundo. Esa colección no está en venta.
Vea el vídeo de esta
noticia con el móvil o
en e-periodico.es