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HISTORIAS DE DULCES Y ALCOHOL

El matrimonio de los bizcochos y el ron

Viernes, 24 de agosto del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
MIQUEL SEN

La costumbre de dar nombre a los platos según se ofrecían a comensales con peso social finalizó con la sopa de trufas que el chef Paul Bocuse dedicó al ex presidente francés Valéry Giscard d'Estaing. En España esta tradición se había roto hacía siglos y ninguno de los presidentes de la democracia inspiró a nuestros cocineros, quizás porque Felipe González gustaba de los montaditos de pringá y Adolfo Suárez no pasaba del bistec muy hecho, mientras que otros, como Xabier Arzalluz, era de bacalao Club Ranero.

Jaume Subirós muestra un retrato de Josep Pla en el Motel Empordà, en el 2006. ARCHIVO / JOAN CASTRO

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Información publicada en la página 314 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 24 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

En cambio su alteza Stanislas Leszczynsky, destronado rey de Polonia afincado en su palacio de la Lorena, justificaba su mucho peso porque se pasaba buena parte del tiempo trasteando en sus cocinas. Dio entidad a la sencilla sopa de cebolla, logró la receta de la carpa a la Chambord, se atrevió a modificar positivamente la más clásica receta de faisán, e inventó el babá al ron, el exquisito bizcocho borracho, a base de una masa próxima al pa de pessic, pero elaborada con los huevos enteros, sin batir previamente las claras, embebida en almíbar y ron. Lo de babá no tenía nada que ver con la repostería árabe, sino con su obsesión por el libro de Las mil y una noches que don Stanislas leía acompañado de un buen ron caribeño.

Para el resto de los mortales, los bizcochos no eran tan suaves y esponjosos como los que se servían en las cortes de España y Francia. Un bizcocho era una galleta a la que se le daban dos cocciones, de ahí lo de biz. Una técnica culinaria para conservar los alimentos a base de harina que constituían la dieta básica de los navegantes que hacían la ruta de las Américas. El segundo paso por el horno era una forma de esterilización que garantizaba que las galletas no se agusanaran a lo largo del viaje. La pega es que quedaban duras como piedras, por lo que los marineros tenían que ingeniárselas para ablandarlas.

En el siglo XVIII las tripulaciones que desde Cadaqués hacían la ruta de Cuba ya sabían que mojando en ron las galletas se conseguía una textura mucho más apetecible, por lo menos en el viaje de vuelta, cuando las barricas que habían transportado vino hasta La Habana regresaban llenas de dorado destilado de caña.

Precisamente en esta población, la familia Cabrisas, propietaria de la pastelería La Mallorquina, creó un bizcocho en forma de tapón de cava, un tapón de pa de pessic, que ha adquirido fama universal. Al revés del babá, no se sirve empapado de almíbar y ron, sino que se humedece sin perder consistencia, en un cremat a base de ron flambeado en compañía de granos de café, piel de limón y una punta de canela. Luego se añade un café largo y un poco de crema de leche, dejándose reducir a la mitad. El resultado, altamente positivo, tiene la virtud de ser un ejercicio de sala de gran categoría visual. Un ritual que practica, elegante y con fina sonrisa, Jaume Subirós en el restaurante del Motel Empordà.

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