Cada ciudad es geografía y alberga dentro de sus calles otras geografías. Los centros históricos tienen una densidad de iglesias que no se encuentran en la periferia. Los barrios de negocios suelen disponer de grandes avenidas donde la silueta humana se ve aplastada por el poder insaciable del dinero. En los aledaños de las estaciones centrales del ferrocarril perviven todavía pequeños hoteles de paso donde el viajero se alivia del sueño o del deseo. Incluso los nombres de las calles recuerdan antiguos habitantes y oficios.
Clientes del restaurante italiano Tramonti de Barcelona, con la nueva carta diseñada por Jaume Plensa, ayer. CARLOS MONTAÑÉS
Información publicada en la página 40 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 06 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
En Barcelona la calle de los Vigatans es, según Amades, el lugar donde antaño venían a parar los ciudadanos de Vic cuando llegaban a Barcelona. En la esquina de los Vigatans con los Mirallers, un noble oficio que se ha ido del centro de la ciudad, se encuentra la célebre Carassa, una imagen femenina que asoma por el ángulo de una casa en la que, supuestamente, se encontraba un burdel. Ahora que el conseller Puig intenta cambiar el código de circulación para poder inmovilizar los vehículos cuyos propietarios se dedican a retozar entre los matorrales, bueno sería regular las áreas de lenocinio con una imagen histórica como la de la Carassa de la calle homónima.
Pero también existen en la ciudad curiosas geografías del gusto. La cocina marinera se encuentra siempre a pocos metros de los puertos y de las playas. Los restaurantes magrebís se van abriendo en el Raval. Desde hace años las calles del Eixample, más allá del paseo de Sant Joan, albergan no pocos restaurantes vascos, verdaderos fundadores artesanos de una cocina que ya estaba en la ciudad antes que el gran capital de la hostelería tomara el centro de la ciudad. Y luego están los restaurantes italianos, que abren sus mesas en las calles cercanas a Francesc Macià. De todos esos restaurantes cisalpinos tal vez el más popular y el más antiguo sea el Tramonti, en la Diagonal cerca de Loreto, fundado hace 30 años por los hermanos Franco, Giuliano y Ana Lombardo. Tramonti inaugura hoy carta. Tàpies ha sido relevado por Plensa y una inquietante mirada de una bella mujer a la que hay que imaginar a punto de salir del cascarón. Las paredes del Tramonti son una verdadera crónica de la ciudad. Ahí tienen, en blanco y negro, una fotografía de una cena predemocrática donde se ve a Vargas Llosa, García Márquez, Josep Maria Castellet, Salvador Clotas y otros escritores de esos a los que Lara amenaza con llevarse a Cuenca. Un póster siniestro de Lou Reed, muchas fotografías de deportistas y muchos cuadros que hacen dudar al comensal si el arte está en las paredes o en el plato.
Sin duda en esas geografías gastronómicas y en el trato de los que las conciben se encuentra la mejor Italia, esa Italia que continúa siendo el refugio de la esperanza civil y de la igualdad entre la gente de bien. Por las mesas se suelen ver jugadores del Barça sin uniforme y algún político sin muchas ideas. Hace años el gastrónomo Xavier Domingo escribió un libro de título profético: Cuando solo nos queda la comida, publicado por Tusquets. En lugares mágicos como el Tramonti no solo nos queda la comida sino también el bienestar de la conversación y el ocio compartido. Más o menos las mismas sensaciones que hace siglos debieron sentir los Vigatans llegados de la niebla hasta la luz de Barcelona. H