Han pasado casi seis años desde que Jordi Hereu probara el Bicing por primera vez en el paseo de Lluís Companys. Ese frío día de enero del 2007, dos meses antes de la implantación del sistema, la prensa fotografió una bici azul, un color que se vincula con la frialdad, las emociones profundas, el sosiego y la sabiduría. En su puesta de largo, el 23 de marzo, se exhibió con el rojo definitivo. Pasión, impulso, acción, ambición, caos.
El coste inicial fue de 2,2 millones de euros, sufragados casi por completo por la recaudación del área verde. Empezó con un precio promocional de seis euros al año y luego escaló hasta los 24. Un lustro y una grave crisis después, el Bicing se ha consolidado --no sin antes generar un encendido debate sobre la actitud del ciclista urbano-- y la movilidad motorizada ha caído. El bus ha pasado de 203 a 182 millones de validaciones anuales y los ciclistas realizan 14,4 millones de viajes cuando entonces no pasaban de los 3,8. Con CiU al mando de la ciudad, el hijo gamberro del ayuntamiento parece que va camino de cambiar de era. Si no hay marcha atrás política, el precio de la tarifa plana alcanzará los 97,5 euros con el objetivo declarado de reducir el déficit que genera el servicio, 15 millones anuales. ¿Tiene solución el Bicing?
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