El Periódico

Tres amantes del cine y un anticuario salvaron de la destrucción las icónicas letras del Urgel

Tres letras decoran pisos particulares, seis están en manos de un anticuario y de las dos últimas, la U y la R, se desconoce el paradero

Tres amantes del cine y un anticuario salvaron de la destrucción las icónicas letras del Urgel

JULIO CARBÓ / ELISENDA PONS

Àlex Montoya, Elena Serra y Àlex Baldoví, cada uno con su letra, y (abajo) las seis piezas de la palabra cinema.

CARLES COLS / BARCELONA

Domingo, 12 de marzo del 2017 - 17:43 CET

Como trasuntos de Scarlett O’Hara, las icónicas letras del cine Urgel han sobrevivido a su hora más incierta, la de la indigna muerte en un contenedor, lo cual es incluso peor, sin duda, que pasar hambre en Tara y llorar por el derrumbe de la lujosa vida sureña antes de la Guerra de Secesión. La sala cerró sus puertas en mayo del 2013. No era un cine cualquiera. Fue, cuando se inauguró en 1963, la sala de proyecciones con más aforo de España, con 2.324 butacas, reducidas tiempo después a 1.823, que tampoco eran pocas. Era un cine a la escala de sus estrenos, colosal, y no solo por su espacio interior, sino también por esa marquesina iluminada que, suspendida sobre la acera, trataba a los espectadores como protagonistas de una gran historia. Y, en primera fila de toda esa pompa estaban las 11 letras de base hexagonal que daban nombre a la sala. Urgel Cinema. Un grupo inconexo de entusiastas cinéfilos las salvó en el último instante de la casi segura destrucción. Localizarles, a ellos y a las letras, no ha sido a lo mejor la emocionante búsqueda del sello de ‘Charada’, ese bombón que Stanley Donen rodó en 1963, pero ha tenido también su gracia.

Como toda obra de Bonamusa, el cine Urgel trataba al espectador como a un gran protagonista. Y las letras eran parte del paisaje urbano

Las letras, por subrayar su importancia, no están en el Museu del Disseny. Tampoco en los ‘indianajonescos’ almacenes que el Museu d’Història de Barcelona tiene en la Zona Franca, un hogar para más de 40.000 piezas, donde hay piezas prehistóricas, mosaicos romanos, vidrieras de burdeles legendarios como los de Madame Petit y hasta los neones de Vinçon, por citar cuatro ejemplos. Pero las letras del Urgel, símbolo de aquella batería de cines que el interiorista Antoni Bonamusa diseñó por encargo de la familia Balañá, no forman parte de esa inmensa colección.

Tres de ellas están repartidas en pisos particulares, veneradas como objetos de gran valor sentimental. Otras seis duermen en un almacén del Empordà, propiedad de un anticuario de Barcelona, convencido de que pronto cotizarán al alza. El pasado 6 de marzo, EL PERIÓDICO dio por buena la más funesta de las opciones, que los Balañá se desentendieron de toda la iconografía del cine una vez que se decidió que aquel enorme espacio iba a ser un supermercado de la cadena Bonpreu. Las letras, así se dio a entender por parte de la empresa del espectáculo, habían terminado en la basura. Eso certificó una portavoz por correo electrónico. Esto, pues, no es una fe de errores, una rectificación, sino que es un ‘the show must go on’, una segunda película: ‘Las letras, el retorno’.

El argumento es el siguiente. El cine cierra en el 2013. No pasan ni la escoba. Durante tres años, la sala permanece dormida. Las palomitas se quedan sobre las butacas. Los botellines de agua, en el suelo. Esto no es un recurso literario para contruir la imagen mental del abandono. Fue tal cual. Hay fotos que lo atestiguan, como se verá luego.

En mayo del 2016, Elena Serra pasa con el coche por delante del cine. Excine. Falta una letra. La U. No hay pruebas, pero todo indica que alguien, de noche, se ha traído una escalera y ha satisfecho un deseo. Elena piensa en su pareja, Oriol, que en junio cumplirá 50 años. Nació en el 66, cuando el Urgel tenía solo 3 añitos. Fue, por lo tanto, uno de aquellos niños que en los 70 y hasta mediados de los 80 asistió a los grandes estrenos de la sala. Solo en el Phenomena es posible todavía comprender cuán emocionante era aquello. Hoy en día, muchas salas desaguan a los espectadores por la puerta de atrás. En un cine de Bonamusa, como era el Urgel, la entrada y la salida eran siempre de cine.

Todo comenzó con la U, tal vez víctima de un romántico robo nocturno. Después vino un frenético mayo, cuando se regalaron las que iban de cabeza al contenedor

La cuestión es que Elena se mueve. Llama a Bonpreu. Total, las letras son ahora de esta empresa. Son muy amables. Le explican que allá ella, que el día 18, a primera hora de la mañana, un operario desmontará parte de la marquesina. Si está allí, le darán una letra. Quiere la E.

Su problema es que la pieza abulta y no la puede esconder en casa hasta el día del aniversario. Pide ayuda a Maria, una amiga, a la que, claro, se le enciende la luz. En junio cumple también años un amigo, Àlex Montoya. Trabaja en Fotogramas. Queda todo dicho. Maria llega con refuerzos, Alba, aquel miércoles de mayo a primera hora y ambas se llevan la G. Así de fácil. Lo nunca visto desde que Santiago Rusiñol vendía duros a cuatro pesetas. Será porque todo es tan sorprendentemente sencillo que ni Elena, ni Maria ni Alba se atreven a pedir la R, que han visto cómo el operario la desmontaba y la dejaba en un rincón.

El caso de la L tiene más trama. Esta la tiene en casa otro Àlex, de apellido Baldoví. También llamó a Bonpreu. Fue tan insistente que hasta le abrieron las puertas del cine, a él y a su hermano, Víctor, con muy buen ojo para la fotografía. Les encendieron las luces. Aunque sucia y sin la pantalla, la sala conservaba la esencia de su encanto. Víctor tomó unas 200 fotografías de aquel Manderley. Aquello tuvo algo de la escena inicial de ‘El ultimo hombre vivo’, un ‘remake’ de una película anterior, cuando Charlton Heston, en el papel de Robert Neville entra en un cine para recordar con un documental, ‘Woodstock’, aquellos tiempos en que no era el hombre omega de la Tierra.

La cosecha de Àlex fue de las que llenan la despensa: la L, un trozo del telón, un aplique de platea, carteles y, toma ya, un par de butacas. Para el fotógrafo, posa con la letra sentado en una de ellas.

La fantasía de un anticuario es hallar un tesoro en Wallapop y baratito. Marc Orduña la satisfizo con seis letras del Urgel

Queda por contar, claro, el destino de la otra palabra de la marquesina. CINEMA. Esas seis letras ahora son propiedad de un anticuario de la calle de Bruc, Marc Orduña, que las guarda, por problemas de espacio, fuera de Barcelona. Los laberintos de su profesión, el modo de localizar buenas piezas, son a veces líneas rectas, como en este caso. “Ví que alguien las vendía en Wallapop”. Baratitas, además.

Parece que, visto el frenesí de aquel 18 de mayo a las puertas del Urgel, alguien apartó las seis letras para un amigo, que las puso en venta sin saber muy bien qué tenía entre manos.

Es un epílogo interesante, porque subraya el desapego general de esta ciudad abonada a la transformación constante, con todo lo que de destrucción de la memoria ello comporta. Cuando tiempo atrás la Fundació Signes se puso como meta rescatar esos carteles icónicos de la ciudad condenados a la basura, se topó con la realidad. Desconfianzas, súbitas avaricias... La única pieza significativa que lograron salvar fue el discreto cartel del ‘meublé’ Pedralbes. Lo tuvieron que hacer, más o menos, a lo letra U del Urgel, de noche y con una escalera.

The end.

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