Parecía que no iba a citarlo. Samaranch, Rodés, Pujol, Abad, los voluntarios, Serra. Incluso Joan Clos. Xavier Trias se acordaba ayer de todos los que lograron que Barcelona fuera la capital del mundo durante dos semanas. Y cuando dio la sensación de haber terminado, hizo un silencio para coger aire. «Pero por encima de todo, gracias, muchas gracias a Pasqual Maragall, el alcalde olímpico por excelencia, la persona que mejor personificó la ilusión por los Juegos». Su homenaje generó la mayor ovación de la tarde; y de alguna manera recordó aquella célebre foto de 1992 en la que todos los protagonistas de esa cita histórica remaban en la misma dirección sobre una barca, de nombre Mare Nostrum. Ayer se respiró algo de aquel viento único, de aquella unidad política que logró robarle los Juegos a la potente París.
Juan Antonio San Epifanio y Gemma Mengual, primer y segundo relevistas de la antorcha del 2012. JULIO CARBÓ
Información publicada en la página 302 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 26 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
El paseo de la antorcha, previo a los parlamentos frente al Museu Olímpic, no fue un baño de masas. Ni tan solo fue una ducha rápida. El fuego olímpico, desempolvado justo 20 años después de que Rebollo lanzara su mejor flecha, volvía a recorrer las calles de la capital catalana para encender un pequeño pebetero reciclado, uno de los que se usaba en las distintas sedes y en cuya inscripción se echaba de menos la segunda i de paralímpics. En el ayuntamiento, en un acto que quizás tendría que haberse hecho en la plaza de Sant Jaume, con el calor de los ciudadanos, el propio Maragall entregaba la llama a Juan Antonio San Epifanio. Costó que el exalcalde socialista soltara el faro. Se le veía con ganas de llevarlo por su propio pie a Montjuïc. El mítico Epi corrió por Ferran rodeado de turistas que habrían jurado que los Juegos de este año son en Londres. La misma situación en la Rambla, donde la comitiva cogió por sorpresa a los forasteros. Gemma Mengual, Jordi Arrese, Enric Masip, Nacho Solozábal o Melcior Mauri tomaron la iniciativa en alguno de los 38 puntos en los que se hizo el cambio de corredor. Demasiado lento, demasiada policía y desangelado ánimo popular.
En la montaña, la cosa se compensó. La llegada del exgimnasta Gervasio Deferr desperezó a las 200 personas congregadas. Muchos eran voluntarios de 1992, delatados por sus camisetas del incomprendido Cobi que guardan como un testamento. La antorcha se hizo rogar. Las personalidades, hacinadas en un pequeño espacio limitado por cintas de aeropuerto, apelaban al espíritu olímpico para que la cosa cogiera más garbo. En primera línea, Jordi Pujol demostraba buena forma, ajeno a la cómica imagen de tener detrás a Xavier García Albiol, que le sacaba cuatro cabezas. Se echó de menos a Maragall, que antes había asistido a una charla sobre la transformación de la ciudad junto al filósofo Josep Ramoneda y el catedrático de Harvard Peter G. Rowe.
Lluís Bassat, padre de la ceremonia inaugural, celebraba el éxito de «unos Juegos que no han pasado de moda». Y Epi compartía un secreto: «En el 92 tuve que hacer la zancada más corta y alta porque el anterior relevista había ido demasiado rápido y debía ganar unos segundos. Ayer, 20 años más tarde, la antorcha llegó 20 minutos tarde.
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