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No es un juego, es una estafa

EL AYUNTAMIENTO coloca banderolas en la Rambla para advertir sobre los trileros

Sábado, 4 de agosto del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
ROSA MARI SANZ
BARCELONA

Hubo un tiempo en que los trileros, entonces pequeños estafadores que desaparecían unas cuantas semanas cuando les pillaba la policía, parecían un especie en vías de extinción. Pero en los últimos años han vuelto con fuerza a la Rambla, con un perfil diferente, ya que ahora son bandas organizadas cuyos miembros provienen en su mayoría de países del Este. No hay día que no se les vea, pueden ser cuatro, cinco, seis grupos o incluso más, aunque ayer su presencia fue más discreta en tanto la ofensiva policial era mayor. De hecho, respondía a una campaña municipal para dificultarles la labor, o sea, timar a sus víctimas, principalmente turistas. El consistorio ha colocado, de momento al final del paseo, unas banderolas en las que advierte que esa práctica «No es un juego. Es una estafa». Las tiendas también reparten folletos con ese mensaje en catalán, castellano, alemán, ingles y francés.

Una banderola alertando sobre los trileros, ayer en el tramo final de la Rambla. ÁLVARO MONGE

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Información publicada en la página 308 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 04 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Lo que más cuesta entender a muchos, como confesaba ayer la florista Carolina Pallés, con negocio frente a la Boqueria, es que tanta gente siga picando y suelte con facilidad billetes de 50 euros, la cantidad que suelen pedir a la víctima, que lógicamente acaba perdiendo engatusada con una simple caja de cartón, una bola y tres vasitos, nueces o cajas de cerillas.

Eso cuando no es mayor la estafa, según relataba esta testigo de tantos timos, quien señalaba que la iniciativa de avisar de que esta práctica es un robo ya la llevó a cabo Jordi Hereu cuando estaba de alcalde, «y bastante mejor que ahora, ya que se hizo a lo largo de toda la Rambla». Cabe decir, además de que Pallés, quinta generación de floristas, es a su vez consejera del PSC adscrita a Ciutat Vella, que la campaña irá ganado visibilidad los próximos días, cuando en las pantallas de los quioscos se proyecte el anuncio de advertencia, y las tiendas vayan colocando en lugar visible los folletos que el consistorio les ha repartido.

Corrillos y robos

Algo que ya ha hecho la floristería que se encuentra justo delante del Palau de la Virreina, otro de los lugares bastante habituales de concentración de grupos de trileros que juegan al gato y al ratón con la policía, ya que en cuanto detectan su presencia salen disparados hacia las calles adyacentes a la Rambla para volver, a veces, en solo unos pocos minutos. Pepa, vendedora de ese puesto, lamentaba ayer sobre todo «la mala imagen que dan de la Rambla». Y también, el hecho de que al formarse multitudinarios corrillos (entre curiosos y la decena de personas que participan en el timo, ya que además del trilero hay vigilantes y ganchos), llegan otros delincuentes que aprovechan para robar carteras. «Aquí no hay día que no se les vea. Parece mentira que la gente siga cayendo en la trampa. Sacan mucho dinero», aseguraba esta florista.

Algo más arriba, a la altura de Portaferrissa, un vendedor de un quiosco de prensa que prefirió no identificarse explicaba que ha tratado con varios de ellos, a fuerza de verlos a menudo y desde hace tiempo, y que le han contado sin pudor que pueden sacar por barba unos 300 euros al día. Pero, en opinión de este trabajador, el principal problema que tienen los quioscos no son los trileros, sino los vendedores ambulantes, quienes ayer mismo, pese al visible despliegue de la Guardia Urbana (en poca distancia podían verse tres parejas), vendían sin cortarse abanicos, gafas de sol y una suerte de pequeño artilugio sonoro de dudoso gusto, pero quizá sí gran aceptación dado que este diario contó en pocos metros a ocho personas con el mismo ingenio. «Eso es lo que nos parece intolerable. Se colocan delante nuestro y venden los mismos productos», denunciaba refiriéndose, claro está, a las gafas y a los abanicos. A escasos pasos, una patrulla advertía a una usuaria del Bicing de la prohibición de circular por el centro de la Rambla y la invitaba a descender de la bici o a bajar a la calzada, opción esta última que escogió. Y algo más arriba, dos agentes con menos contemplaciones multaban a otra ciclista.

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